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El traje perfecto no le quita lo infiel: cuando lo atrapó en su propia cama, él solo dijo “ya era hora”

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Sabías que esto no terminaba con esa puerta abierta, y tu instinto te trajo hasta el final de esta historia.

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El amor a veces se parece a esas fotos que salen perfectas, pero cuando las amplías, descubres que algo anda mal. Valeria lo aprendió de la peor manera, con la mano temblando sobre una manija que nunca imaginó que le cambiaría la vida.

La casa olía a jazmín y a café recién hecho.

Eran las seis de la tarde de un martes cualquiera, de esos que no prometen nada y terminan partiéndote el alma. Valeria había salido antes del trabajo, no por sospecha, sino por cansancio. Tres días seguidos de reuniones interminables, un dolor de cabeza que no la soltaba y esa sensación rara en el pecho que venía arrastrando desde hacía un par de semanas.

“Necesito llegar temprano a casa”, le había dicho a su compañera de oficina mientras apagaba la computadora. “Quiero descansar, ver una película tonta y dormir como una bendita”.

Su compañera le sonrió con esa complicidad que solo tienen las amigas de oficina. Nadie sospechaba nada. Nadie podía imaginar lo que esa tarde le esperaba a Valeria, justo en el lugar que ella consideraba su refugio.

El edificio estaba tranquilo a esa hora. El ascensor subió sin escaleras, sin vecinos curiosos, sin esa incomodidad de compartir espacio con desconocidos. Valeria sacó las llaves del bolso, esa llave plateada que llevaba siete años abriendo la misma puerta. Siete años, dos mudanzas y un amor que ella creía sólido como una roca.

Metió la llave en la cerradura con la mano derecha.

Con la izquierda, sostenía el teléfono y revisaba distraída un mensaje de su madre sobre el cumpleaños de su tía abuela.

Abrió la puerta.

No escuchó nada al principio. El silencio de la casa le pareció normal, casi acogedor. Dejó las llaves en la bandeja de la entrada, se quitó los zapatos con la punta de los pies y soltó el bolso en el sofá.

Después, escuchó un ruido.

Un sonido apagado, como de alguien moviéndose rápido. Como de alguien que no esperaba que ella llegara temprano.

Valeria se quedó quieta, aguzando el oído. Tal vez era la vecina del piso de arriba. Tal vez era el gato que se habían comprado el año pasado, ese siamés que le encantaba esconderse detrás de las cortinas.

Pero el gato no hacía ese tipo de ruido.

El ruido venía del dormitorio.

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—¿Amor? —preguntó con la voz aflautada, todavía sin alarma—. ¿Ya llegaste?

Nadie respondió.

El silencio se volvió denso, casi pegajoso. Valeria sintió un escalofrío que le recorrió la espalda, esa advertencia animal que a veces el cuerpo envía antes de que la mente entienda lo que está pasando.

Caminó por el pasillo lentamente, arrastrando los pies sobre la madera.

La puerta del dormitorio estaba cerrada.

Eso fue lo primero que le pareció raro.

Ellos nunca cerraban la puerta del dormitorio. Ni de día ni de noche. Era una de esas costumbres tontas de pareja, de las que uno ni siquiera piensa hasta que nota que algo ha cambiado.

Valeria puso la mano sobre la manija.

Respiró hondo. No sabía por qué necesitaba respirar hondo para abrir una puerta que mil veces había abierto sin pensar.

Entonces, la abrió.

Y el mundo se le vino encima, se le deshizo, se le rompió en mil pedazos.

Allí estaba su pareja. Su hombre. El padre de sus futuros hijos, según había creído. La persona con la que había planeado un viaje a la playa para el mes siguiente.

En la cama.

Con otra mujer.

Ella, con el cabello revuelto, con la cara descompuesta por la sorpresa, con la sábana apenas cubriéndole el pecho. Él, con la espalda apoyada contra el cabecero, en camisa blanca de vestir y corbata aún puesta, como si se hubiera olvidado de quién era.

Nada de ropa de calle. Nada de medias. Solo el torso desnudo y esa mirada fría que Valeria no le conocía.

—¿Qué…? —alcanzó a balbucear Valeria, con la voz quebrada, con las manos apretadas contra el marco de la puerta, como si eso la mantuviera en pie—. ¿Qué está pasando?

Su corazón latía tan fuerte que lo sentía en las sienes, en el cuello, en la punta de los dedos. Buscaba una explicación razonable con la mirada. Buscaba que él saltara de la cama, que dijera que era la señora de la limpieza, que tenía una emergencia, que se había lastimado, cualquier cosa que no fuera lo que estaba viendo.

Pero él no saltó.

Él no se movió.

Él se quedó ahí, sentado entre las sábanas arrugadas, mirándola como quien mira a un desconocido que interrumpió una reunión importante.

Y entonces habló.

—Ah, eres tú… —dijo, con una calma que heló la sangre de Valeria—. Ya era hora de que lo supieras.

Así, sin más. Sin pedir disculpas. Sin intentar excusarse. Sin un solo gesto de vergüenza.

Valeria abrió la boca, pero no salió ni un sonido.

Era como si alguien le hubiera arrancado las palabras de la garganta.

La otra mujer, que se llamaba Patricia y que Valeria jamás había visto en su vida, empezó a recoger su ropa del suelo con movimientos torpes, sin atreverse a mirarla a los ojos. Vestido azul, zapatos de tacón, un reloj que no era el suyo.

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Pero Valeria no podía dejar de mirarlo a él.

A ese hombre con el que llevaba siete años.

Al que había cuidado durante una operación de vesícula.

Con el que había compartido sus miedos más profundos, sus sueños más tontos, sus secretos de infancia.

—¿Que… que era hora de que lo supiera? —repitió Valeria, sintiendo que cada palabra le rasguñaba la garganta.

Él se ajustó la corbata con un gesto tan normal, tan cotidiano, que parecía increíble.

—Esto llevaba meses —dijo, encogiéndose de hombros—. Tú llegas muy tarde, ¿sabes?

Valeria no lloró en ese momento.

Eso fue lo que más le sorprendió después.

Toda su vida, ella se había considerado una persona sensible, de esas que lloran hasta en las películas de final feliz. Pero ahí, frente a la evidencia, sintió que algo se congelaba dentro de ella. Un hielo que le subía desde los pies hasta el pecho.

—¿Meses? —repitió, como un eco roto.

—Sí, meses —confirmó él, como quien confirma que cambió de trabajo o que se compró un auto nuevo—. Pensé que lo habrías notado. Las horas extras, los viajes de trabajo…

La explicación que nunca llegó.

La justificación que no la miraba a los ojos.

La otra mujer, ya vestida, se acercó a la puerta con la cabeza baja. Patricia. Así se llamaba. Patricia pasó por el lado de Valeria sin rozarla, como si Valeria fuera un mueble, como si esa escena fuera simplemente una molestia profesional.

—Te espero en el auto —le dijo Patricia a él.

Y se fue.

El sonido de sus tacones contra el pasillo quedó resonando en los oídos de Valeria por mucho tiempo.

Después, el silencio.

Ese silencio que a veces dice más que mil gritos.

—¿Y ahora qué? —preguntó Valeria, sin reconocer su propia voz.

Él se levantó de la cama con una lentitud insultante. Se abrochó la camisa, se ajustó los pantalones, se pasó las manos por el pelo. Cualquiera habría dicho que se estaba preparando para ir a una junta de trabajo.

Fue entonces cuando Valeria lo vio.

El detalle que le rompió el corazón en mil pedazos.

Sobre la mesita de noche, había una foto de ellos dos. De la boda de unos amigos, tal vez un año atrás. Ambos sonreían, abrazados, con la promesa silenciosa de un futuro que se estaba deshaciendo en tiempo real.

Esa foto no había estado allí antes.

Valeria la guardaba en un cajón, junto con otras fotos de momentos felices que ya no podía ver sin sentir un nudo en el estómago.

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¿Cuándo la había sacado él?

¿Para qué?

La respuesta llegó con una claridad brutal: para que ella la viera al entrar. Para que ella supiera que esos siete años habían sido una mentira mucho antes de ese martes.

—La foto… —dijo ella, con la voz apenas un susurro—. La pusiste ahí adrede.

Él la miró sin expresión.

—No —dijo—. Solo me gustaba tenerla cerca. Aún recuerdo ese día.

El descaro de confesar un recuerdo bonito en medio de la traición.

El cinismo de parecer vulnerable justo cuando acababa de romperle el alma.

Valeria sintió que el aire le faltaba. Que el suelo se movía bajo sus pies. Que todo lo que conocía como su realidad se estaba desmoronando.

Dio un paso hacia atrás.

—No sabes cuánto te odio ahora mismo —dijo.

Era una frase hecha, una frase de telenovela, pero en ese momento era la única verdad que podía pronunciar.

Él suspiró, como si estuviera cansado de esa conversación que él mismo había provocado.

—Odias que te haya engañado —dijo—. No odias haber estado conmigo. Son cosas diferentes.

—¿Qué?

—Nada —dijo—. Olvídalo.

Y salió de la habitación como si nada.

Como si abandonar a una mujer que llevaba siete años a su lado fuera lo más normal del mundo.

Valeria se quedó sola en el dormitorio.

Esa habitación que había decorado con tanto cariño. Esas cortinas que había cosido ella misma. Esa cama donde había pensado que construirían su hogar para siempre.

Cayó de rodillas.

No porque supiera qué hacer. No porque tuviera un plan. Simplemente porque las piernas no le respondieron más.

Las lágrimas llegaron después.

Primero un gemido ahogado, luego un sollozo, luego un llanto desgarrado que nacía de los huesos, de esa herida que todavía no sabía cómo iba a cicatrizar.

Horas más tarde, con la casa sumida en la oscuridad, Valeria seguía sentada en el suelo del dormitorio, con la espalda contra la pared y las rodillas abrazadas contra el pecho.

En algún momento, se levantó.

Buscó su teléfono entre los cojines del sofá. Marcó el número de su hermana, Carmen, la única persona con la que sabía que podía hablar sin tener que fingir.

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—¿Vale? ¿A esta hora? —preguntó Carmen con la voz cargada de sueño.

—Carmen… —dijo, y no pudo continuar.

El silencio de su hermana al otro lado fue suficiente.

—¿Dónde estás? —preguntó Carmen, ya con la voz despierta y alerta.

—En mi casa. Pero no quiero estar aquí.

—Espera. Voy para allá.

La línea se cortó.

Valeria miró a su alrededor, como quien ve por primera vez un lugar que creía conocer. Las fotografías en la pared, los libros en la estantería, las plantas que cuidaba cada fin de semana.

Todo ese mundo había sido una mentira.

O tal vez no una mentira completa. Tal vez una mentira a medias. Esas que duelen más porque se mezclan con recuerdos verdaderos.

Cuando Carmen llegó, encontró a Valeria en la cocina, tomando agua directamente de la botella, con los ojos rojos y la ropa arrugada.

—Dime todo —pidió Carmen, abrazándola con tanta fuerza que Valeria sintió que por fin podía respirar.

Y Valeria le contó.

Todo.

La puerta entreabierta.

El ruido detrás de la puerta.

La mujer en la cama.

Y sobre todo, esa frase que le seguía martillando la cabeza: “Ya era hora de que lo supieras”.

—¿Así que lo sabías? —preguntó Carmen, soltando un resoplido de incredulidad—. ¿Siete años y lo sabías?

—Lo que sé es que soy una idiota —dijo Valeria, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.

—No. No digas eso. La única idiota aquí es la mujer que se metió con un hombre comprometido. Y él, más idiota todavía.

Carmen se sentó frente a ella, tomándole las manos.

—¿Qué vas a hacer?

Valeria respiró hondo. No tenía una idea clara. Solo tenía una convicción: no podía quedarse ahí, en esa casa llena de recuerdos falsos, esperando a que él regresara con más excusas o más indiferencia.

—No lo sé —admitió—. Pero sé lo que no voy a hacer: no voy a rogar. No voy a llorar más por él.

—Eso habla mejor de ti que de él.

Pero las palabras eran más fáciles que las acciones.

Los días siguientes fueron un remolino de emociones que Valeria no había pedido ni buscado. Los primeros días, apenas podía dormir. Se despertaba a las tres de la mañana con la escena repitiéndose en su cabeza, con la imagen de la cama revuelta y el rostro impasible de él grabado a fuego en su memoria.

Luego venían las preguntas.

¿Desde cuándo?

¿Con quién más?

¿La quería alguna vez?

¿Fue todo una mentira desde el principio?

Preguntas sin respuesta. Porque él no respondía las llamadas. Porque él no contestaba los mensajes. Porque él, incluso en la caída, mantenía esa actitud de superioridad, como si el que hubiera traicionado fuera ella por llegar temprano y sorprenderlo.

La gente suele decir que el tiempo lo cura todo.

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Mentira.

El tiempo solo hace que aprendas a caminar con la herida.

Valeria se mudó a casa de su madre por un tiempo. No era lo ideal. La casa era pequeña y su madre era de esas mujeres que opinan de todo, que preguntan sin filtro y que hacen comentarios que duelen aunque no sea su intención.

Pero no podía volver a ese departamento.

No todavía.

Cada vez que cerraba los ojos, veía la escena: la sábana apenas cubriendo a la otra mujer, la mirada fría de él, el gesto de ajustarse la corbata mientras destrozaba su mundo en un instante.

El proceso fue lento.

Primero, en un arrebato de ira, dejó de contestar las llamadas de números desconocidos. Luego, con la ayuda de un abogado que le recomendó una amiga, inició los trámites para dividir los bienes que tenían en común.

Resultó que la casa estaba a nombre de los dos.

Un detalle que él no le había mencionado.

Valeria entendió que estaba lidiando con alguien que planeaba cada movimiento. Que había ocultado la infidelidad, no como algo casual, sino como una estrategia calculada.

Esa misma noche, encontró algo que le confirmó lo que ya sospechaba.

Mientras guardaba sus cosas en cajas, abrió un cajón que él nunca usaba. Allí, entre documentos viejos y facturas pagadas, encontró una tarjeta.

Una tarjeta de un hotel.

Con fecha de hacía tres semanas.

Un hotel del centro, cerca del trabajo de él.

Valeria sostuvo la tarjeta con las manos temblorosas. No era la primera, seguramente. Habría otras más, en otros cajones, en otros lugares.

La traición era más vieja que los meses que él había admitido.

Era un año entero.

Un año de mentiras.

Un año de miradas vacías y de abrazos que ya no significaban nada.

Valeria se sentó en el borde de la cama, con la tarjeta aún en la mano, sintiendo que el corazón se le partía en pedazos aún más pequeños que los que ya estaba recogiendo.

—Está bien —se dijo, con la voz ronca—. Esto ya no me puede herir. Ya no.

Pero mentía. Sí la hería.

Aunque no tanto como antes.

La historia se contó sola. Las amigas se enteraron primero. Luego las compañeras de trabajo. Luego la mamá de Valeria, que no perdió el tiempo en sentirse ofendida y en prometer hacer un escándalo que no había manera de detener.

Pero Valeria no quería escándalos.

Valeria quería justicia.

Aunque fuera esa justicia silenciosa que llega cuando aprendes a estar contigo misma.

Con el paso de las semanas, el dolor fue transformándose.

Primero fue un grito interior que no encontraba salida. Después fue un dolor sordo que se instalaba en el pecho cuando algo le recordaba a él. Finalmente, se convirtió en algo parecido al alivio.

El alivio de saber que ya no tenía que vivir con la duda.

El alivio de entender que la mentira se había roto y que ahora tenía un camino por delante.

Pero el mundo es pequeño y las ciudades también lo son.

Un sábado por la mañana, yendo a tomar café a su lugar favorito, Valeria lo vio.

Allí, en la calle, con la misma camisa blanca que llevaba aquel día. Con la misma corbata torcida. Con la misma cara de creerse el centro del universo.

Se estaba riendo con alguien.

Con una mujer que Valeria no conocía.

Patricia ya era parte del pasado, al parecer. O tal vez Patricia nunca fue alguien importante.

Él seguía viviendo su vida como si nada hubiera pasado. Como si la traición fuera un accidente menor del que se recuperó con una palmada en el hombro.

Valeria se detuvo en seco.

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Podía cruzar la calle y evitar el encuentro. Podía fingir que no lo veía y seguir caminando, como él había fingido tantas veces frente a pequeñas incoherencias que ella había pasado por alto.

Pero algo se movió dentro de ella.

Algo que decía: no otra vez.

Y esta vez, él también la vio.

Los ojos se encontraron.

Durante unos segundos que se sintieron eternos, se miraron a través del bullicio de la calle, del paso de los autos, de las risas de gente que no sabía nada de esa historia.

Él la miró desafiante.

Valeria lo miró con calma.

Y entonces, él cometió el error de caminar hacia ella.

—¿Qué haces por aquí? —preguntó, con esa voz que tanto conocía y que ahora le sonaba hueca.

—No es asunto tuyo —respondió Valeria, con la voz firme.

Él soltó una risa amarga.

—Ya me vas a decir que todavía estás molesta.

—¿Molesta? —Valeria no podía creer lo que estaba escuchando.

—Fue solo un desliz —dijo, bajando la voz como si compartiera un secreto—. Tú te lo tomas tan a pecho. Las cosas no son tan graves.

Valeria sintió que la sangre le hervía.

—No digas eso —dijo, con la voz quebrada—. No te atrevas a minimizar lo que hiciste.

—Lo que hice fue seguir adelante. Tú te quedaste siempre en el mismo lugar, con tus mismos sueños, con tu misma rutina.

Ella lo vio entonces.

Lo vio por fin con claridad.

Ese hombre no era el que ella creía. Nunca lo había sido.

Estaba parado ahí, con su camisa de marca y su reloj caro, intentando hacer que ella se sintiera culpable por haber sido fiel, por haber confiado, por haber creído en algo real.

—Siete años —dijo Valeria, con los dientes apretados—. Siete años de mi vida.

—Y de la mía también. Pero los tiempos cambian.

Valeria no respondió.

No valía la pena.

Tomó aire, levantó la cabeza y se giró para irse.

—¡Valeria! —la llamó él, con algo parecido a la sorpresa en la voz.

Ella se detuvo. No por él, sino por ella misma.

Y ahí, de pie en medio de la calle, con el sol de mediodía quemándole la piel, Valeria se dio cuenta de algo.

No necesitaba gritarle. No necesitaba que él entendiera. No necesitaba esa disculpa que jamás iba a llegar.

Lo único que necesitaba era que él dejara de tener poder sobre su vida.

Y lo soltó.

No en voz alta, sino en su interior.

Dejó de ser la mujer que lo esperaba en la puerta, la que terminó arrodillada en el suelo de su dormitorio, la que lloraba en silencio sin entender cómo había llegado hasta ahí.

Se convirtió en la mujer que aprendió que hay personas que entran a tu vida solo para salir de ella.

Que la traición no la definía. Que el amor que ella había dado no fue en vano, aunque el receptor no supiera valorarlo.

Que su historia no era la de una mujer engañada, sino la de una mujer que se reencontró consigo misma en el lugar más inesperado: en el fondo de su propio dolor.

Cuando Valeria llegó a su departamento esa tarde, ya no vio la cama de la misma manera.

La hizo.

Cambió las sábanas, abrió la ventana, ordenó los libros y guardó las fotos en una caja que no abriría en un tiempo.

No era venganza.

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Era purificación.

Tomó el teléfono y llamó a Carmen.

—¿El apartamento que me mencionaste sigue disponible? —preguntó.

—Sí —dijo Carmen, con una sonrisa en la voz—. Te lo guardé.

Valeria sonrió.

Por primera vez en mucho tiempo, sintió que el aire entraba limpio en sus pulmones.

—Voy a tomarlo —dijo—. Necesito un lugar nuevo para empezar.

—Empiezas tú, Vale. Eso es lo importante.

Tenía razón.

Empezar de cero no requiere una mudanza, un cambio de ciudad o una lista de resoluciones. Empieza cuando decides no permitir que alguien que te traicionó siga viviendo en tu cabeza sin pagar renta.

Los meses siguientes fueron de reconstrucción.

Valeria fue al psicólogo. No tenía vergüenza de decirlo. Le sirvió para entender por qué se había quedado tanto tiempo esperando que algo cambiara. Para entender que la culpa no era suya, que el cansancio de la rutina no justificaba la deslealtad, que el amor no se mide en años sino en honestidad.

También empezó a correr.

Cada mañana, cuando caía la luz blanca del alba sobre los edificios, salía al parque con sus audífonos puestos y corría hasta que el oxígeno le quemaba los pulmones.

Corría como alejándose de algo. Corría como dirigiéndose hacia algo.

Una tarde, meses después, cuando el sol se despedía con esos tonos naranjas que siempre la habían tranquilizado, Valeria estaba sentada en el balcón de su nuevo departamento, observando la ciudad encenderse.

Sonó su teléfono.

Un número desconocido.

Lo dejó sonar. No le gustaba responder números desconocidos. Pero luego pensó que tal vez era la clínica con los resultados del chequeo médico de rutina, y respondió.

—¿Valeria? —dijo una voz que tardó un instante en reconocer.

Era él.

—No deberías llamarme —dijo ella, con la voz sorprendentemente serena al escucharse.

—Sé que te debo una disculpa. Lo sé ahora.

—¿Ahora lo sabes? —preguntó ella, con una ironía que a él le golpeó como una bofetada.

—Cuando me enteré de que Patricia también estaba con otro, te confieso que lo entendí todo. Lo que te hice.

Valeria fue un instante al silencio.

Lo que le acababa de decir era un golpe del destino, de esos que el universo prepara para reírse de la arrogancia humana.

—Eso no cambia nada —dijo, finalmente—. Nosotros ya no somos nada.

—Lo sé. Pero quería pedirte perdón. Por todo. Por la manera en que te enteraste, por la forma en que te hablé, por haberte hecho creer que el problema eras tú.

Valeria se quedó callada un momento.

Las palabras de él flotaban en el aire como una invitación a una puerta que ya había decidido no volver a abrir.

—Te perdono —dijo, con la voz firme—. Pero no por ti. Te perdono por mí. Para poder soltar esto y seguir mi camino.

Él guardó silencio.

—¿Te va bien? —preguntó, con vacilación.

—Muy bien. Me va muy bien —dijo, sintiendo que esta vez no era una mentira piadosa—. Por primera vez en mucho tiempo, duermo bien.

—Me alegro.

No era la respuesta que esperaba, y quizás por eso sintió un alivio extraño.

—Adiós, Valeria.

—Adiós.

Colgó el teléfono, miró por un momento el cielo que se despedía en tonos rojizos, y sintió que algo se aflojaba dentro de su pecho.

No era la venganza por la mujer que él había conocido. No era que ella hubiera cambiado tanto, sino que él ya no le aportaba nada.

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Eso fue lo que verdaderamente la sanó.

La paz de saber que la traición no la había convertido en una versión amarga de sí misma.

Podía volver a amar.

Podía volver a confiar.

Con cautela, con tiempo, con la sabiduría de quien sabe que el corazón se entrega en copas llenas a quien lo merece.

Una noche, mientras tomaba un café en una cafetería del barrio, estrechó una conversación con un hombre amable que le pidió prestado un lápiz.

Se llamaba Andrés.

No era un premio de consolación ni una revancha contra el pasado. Era simplemente alguien que apareció cuando ella ya no estaba buscando llenar ningún vacío.

Se rieron, hablaron de libros y de música, intercambiaron números y se dijeron “hasta luego” con la promesa de encontrarse otra vez.

Tras unos meses de salir juntos, se sentía segura y tranquila.

No la definía el miedo a que le volvieran a romper el corazón.

La definía la certeza de que tenía mucho amor para dar, y de que ya sabía distinguir quién lo merecía.

Una mañana de domingo, mientras Sonreía con la luz del sol entrando por la ventana, su teléfono vibró con un mensaje de Andrés:

“Ayer lo pasé muy bien. ¿Hoy vuelves a cenar conmigo?”

Valeria miró el mensaje y sonrió antes de responder.

—Claro que sí —dijo en voz alta, disfrutando de que bien, otra vez, el corazón le latía rápido.

Y supo que la vida, con todo y sus acechanzas, valía la pena ser vivida con esperanza.

Cerró los ojos un instante, dejó que el recuerdo de la traición se desvaneciera como una nube lejana, y abrió los ojos para empezar su historia nueva.

La puerta se había abierto.

Pero esta vez, la abría ella.

Y nadie más.

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