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El Estudiante Que Nadie Esperaba: Lo Que Pasó Después en el Callejón Te Va a Dejar Helado

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Lo que empezaste a leer allá afuera tenía que continuar, y aquí es donde todo se revela.

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— ¿Qué es lo que tanto miras, nerd? — la voz de «El Búfalo», el más grande de los tres, retumbó contra las paredes de ladrillo del callejón.

El joven con gafas, que apenas cubría la cabeza de El Búfalo, ajustó la correa de su mochila y miró a su alrededor con una calma que no encajaba con la escena. La luz amarillenta de una farola quebrada parpadeaba sobre ellos, como si testigo de algo inusual.

«El Rata», el más flaco del grupo, se movió como una sombra hacia la salida del callejón, bloqueando cualquier intento de escape. El tercero, un muchacho de brazos tatuados que sostenía un bate de metal contra el hombro, sonreía mostrando un diente de oro que brillaba a la luz.

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— Lo que miras son lastre, viejo — dijo el estudiante, bajando la mirada hacia sus zapatillas blancas impecables, como recién sacadas de la caja.

Las tres risas retumbaron al unísono, burlonas, pero el muchacho no inmutó. Todo lo contrario: mientras se quitaba las gafas y las guardaba despacio en una bolsa de tela que llevaba al cuello, los tres se miraron entre sí. Eso no era lo que suele pasar cuando una presa se enfrenta a tres depredadores.

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Cuando El Débil Deja de Serlo

El Búfalo dio un paso al frente, inflando el pecho como queriendo ocupar todo el espacio del callejón. Su cuello parecía el de un toro y sus manos, dos guantes de carnaza. Las venas de sus brazos se marcaban como raíces bajo la piel.

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— Te estoy haciendo la pregunta, no te estoy contando un cuento — el tono bajó un grado, más grave, más amenazante —. Esas zapatillas no son para un culo sentado en un pupitre. Pertenecen a alguien como yo.

El estudiante se ajustó la camisa blanca, que aunque parecía sencilla, tenía un sospechoso acabado de marca boutique. Sus antebrazos eran delgados, y las mangas arremangadas dejaban ver una muñeca delicada, casi femenina.

— ¿Y si te dije que no? — preguntó él, sin levantar la voz.

El Rata soltó una risa falsa, aguda, como un aullido. El del bate giró en círculos, probando su peso en el aire, haciendo silbar la pieza de hierro.

— No hay respuesta diferente, porque la última palabra no la das tú — El Búfalo ahuecó las manos, apuntando con el índice en plan de explicar la vida —: La dicta el más fuerte. Y aquí, el más fuerte soy yo.

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Pero el chico no se movió.

No dio un paso atrás ni uno al costado. Simplemente se quedó quieto, con las manos a los costados del cuerpo, respirando lento. Esa pose, en cualquier otra situación, habría parecido acorralamiento y miedo. Pero había algo en sus ojos que no pedía socorro, que no llamaba a nadie.

En el fondo del callejón, un gato cruzó corriendo, derribando una lata de pintura que hizo eco. El sonido desvió la atención de los tres, solo unos microsegundos. Pero en ese instante, el estudiante se convirtió en otra cosa.

—

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El Segundo Que Lo Cambió Todo

Los testigos, dos señoras que salían del mercado con canastas de mimbre, se detuvieron al escuchar la discusión. Doña Margarita, de 68 años, alcanzó a sacar su teléfono celular para marcar la policía, mientras Rosario, su comadre, se persignaba.

— Que alguien haga algo — murmuró doña Margarita entre dientes, los dedos temblándole sobre la pantalla.

Y fue entonces cuando pasó.

El Búfalo, cansado de negociar, cargó. Lanzó un puño largo que venía de su hombro, con la intención de aterrizar una sola vez y tumbar al muchacho. La mayoría de víctimas de El Búfalo siempre caían con ese golpe, porque era un golpe diseñado para romper la resistencia.

Pero el estudiante dio un paso lateral tan breve que pareció no existir. La mano de El Búfalo pasó de largo, rozando el aire donde había estado el rostro del muchacho. El esfuerzo del golpe se fue al vacío, y su cuerpo, pesado y desbalanceado, se proyectó hacia adelante.

El pie del estudiante encontró el empeine de El Búfalo, enganchándolo, y con un movimiento que pareció elegante en lugar de violento, el gigante se estrelló contra el pavimento.

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— ¡¿Qué viste qué hiciste?! — aulló El Búfalo, escupiendo polvo. — ¡A mí nadie me tira! ¡¿Quién te crees?!

El Rata, veloz como su apodo, entró con una patada voladora que en su mente iba directo al costado de la cabeza del estudiante. Pero el joven ya no estaba ahí. Había venido a él en media rotación, agarrándolo del cinto del pantalón y de la nuca, y lo dirigió como quien encesta una canasta de basura. El cuerpo flaco se estampó contra unos cajones de madera y no se volvió a mover.

El del bate ya no sonreía. Su diente de oro parecía haber perdido el brillo.

— ¡Ahora sí vas a ver! — levantó el bate bien alto, con las dos manos, preparando un derechazo que era golpe de césped: directo al cráneo.

Doña Margarita apretó los párpados. Rosario volvió a persignarse, más rápido esta vez, con un «Ave María Purísima» que se le escapó sin querer.

Pero el estudiante, en lugar de esquivar, entró al golpe. Se adelantó hacia la zona de peligro. Llegó bajo el brazo del tatuado, le cerró la guardia con el antebrazo, y deslizó su palma en la axila del hombre. Un impulso pequeño, un giro de cadera, y el bate salió disparado en dirección opuesta, tiñiendo la pared de una muesca que dejó polvo de concreto.

Las zapatillas blancas del estudiante, que le acababan de llenar la mirada de envidia a tres tipos, dieron dos pasos de danza sutil. El joven giró, quedando detrás del tatuado, y con la pierna de apoyo, una barrida de precisión, lo hizo caer de bruces, con un ruido seco.

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El silencio en el callejón era absoluto.

—

El Momento en Que Cambió la Música

Doña Margarita abrió los ojos lentamente, bajando el teléfono que ya había dejado de temblar en su mano. Observó la escena con una mezcla de confusión y alivio.

—¿Ese… ese que es así? — preguntó Rosario, incapaz de procesar la imagen.

El estudiante se ajustó la camisa blanca, que salvo alguna arruga, seguía impoluta. Sacó las gafas de su bolsa de tela y volvió a colocárselas, recuperando su apariencia de nerd, como si un interruptor se hubiera accionado.

— Les doy las gracias por las zapatillas viejas que querían — dijo, mirando a los tres cuerpos en el suelo. El Búfalo ya se estaba levantando, pero a medias, arrastrándose, rojo de ira y vergüenza.

— No tengo idea a qué se referían antes, porque no te dejé dar respuestas — el chico se ajustó el mecanismo de las gafas y suspiró —. Pero se las doy: o aprenden a pedir con respeto, o consiguen un hobby menos aburrido que robar zapatos.

El Búfalo, temblando de rabia, se incorporó completamente, con el orgullo herido. No era un tipo al que se humillaba así, enfrente de su gente y frente a dos señoras que lo estaban viendo desde la salida del callejón.

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— Mírame — tocándose el pecho, gruñó, la palabra cargada de veneno —. A mí. El Búfalo. Nadie se me para. Nadie me tumba. ¿Y en tu fantasía de película, te crees que vas a salir caminando? Eso no se llama valentía, se llama estupidez.

El Rata se quejaba desde los cajones, sosteniéndose el costado. El tatuado del bate, todavía aturdido, intentaba levantarse, perdiendo y encontrando el equilibrio.

El Búfalo miró a los suyos, y entonces el fuego de su ira se convirtió en una calma fría y coleccionista. Sonrió, mostrando los dientes de abajo.

— Digamos que esto no termina acá — susurró, con la voz grave y amenazante mientras se daba media vuelta, levantando un dedo para señalarlo —. Te voy a encontrar. Siempre te encuentro. Vos seguí con esa sonrisa de nerd, porque cuando te vea en la calle de noche, desarmado y solo, nada va a salvar tu cara de la acera.

Un escalofrío recorrió la espalda del estudiante, pero su cara lo delató todo, y también su cuerpo: el joven se volvió hacia la cámara que había estado filmando toda la escena desde un poste cercano, como si hubiera sentido la mirada de quien observa desde su pantalla, desde su feed, desde casa.

Con una calma que no era de falso valiente sino de quien ya ha pasado por esto antes, clavó la vista en la lente y soltó:

— ¿Quieren saber si yo salgo de aquí caminando? …Pregúntenle a los comentarios.

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Y el video hasta ahí. La pantalla se cortó como un golpe de tijera.

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