Estamos en la parte donde la historia se pone interesante…
Don Chuy no caminó directo hacia las calles de lujo. Primero pasó por su casa, una casita modesta de dos cuartos que compartía con su esposa desde hace cuarenta años. Doña Cata lo vio llegar con el carrito vacío y frunció el ceño.
—¿Ya vendiste todo? ¿Tan temprano? —preguntó, mientras secaba sus manos en el mandil.
—Todo, vieja. Todo se vendió —respondió el abuelo, y se quitó el sombrero como quien se quita un peso de encima—. Pero antes de venir a dormir, tengo que hacer una parada.
Doña Cata lo miró. Eran más de cincuenta años de casados y ella conocía cada gesto de su esposo. Sabía cuándo estaba triste, cuándo estaba alegre, y especialmente, cuándo estaba tramando algo.
—¿Qué pasó, Chuy? —preguntó suavecito.
El abuelo suspiró. Se sentó en la silla de la cocina y sacó el billete falso. Lo puso sobre la mesa como quien pone sobre la mesa una verdad incómoda. Doña Cata lo tomó, lo miró, y sus ojos se abrieron grandes.
—¿Esto… esto es falso? —preguntó con voz quebrada.
—Muy falso, vieja. Como la cara de los que me lo dieron.
Doña Cata se sentó al frente de él. Por un momento, ninguno habló. Las palabras que no se decían pesaban más que las que se pronunciaban. Ella pensó en las horas que su esposo pasaba bajo el sol, en las madrugadas cuando se levantaba a cargar el carrito, en los días de lluvia cuando llegaba con los huesos temblando. Todo ese esfuerzo, todo ese trabajo, cambiado por un pedazo de papel sin valor.
—¿Y qué piensas hacer? —preguntó ella, sin reproche.
—Lo que siempre he hecho, vieja. Pelear por lo que es mío —respondió Don Chuy, y su mano buscó la de ella—. Pero no te preocupes. Un toro viejo no se deja engañar dos veces.
Don Chuy sabía que tenía las horas contadas para actuar. Los estafadores seguramente ya estaban festejando en algún antro de moda, gastando su dinero fácil. Y aunque los dulces eran suyos por derecho, el abuelo no pretendía recuperar lo perdido. No. Lo que quería era algo más grande: que esos muchachos sintieran la misma humillación que él sintió cuando descubrió el engaño.
Cambió su camisa a cuadros por una camisa más presentable. Se puso un pantalón de vestir, de los que solo usaba para los cumpleaños de sus nietos y los bautizos. Se miró al espejo y se arregló el bigote.
—¿Seguro que sabes lo que estás haciendo? —insistió doña Cata.
—Más seguro que de que amanece todos los días —dijo él, y le dio un beso en la frente—. Espérame con la cena caliente. Esta noche dormirá en su cama un hombre tranquilo.
El plan de Don Chuy no era complicado. La complejidad no era su fuerte. Pero conocía el terreno como ninguno. Sabía que esos niños fresas, como les decía a los hijos de ricos, siempre terminaban en los mismos lugares: los cafés de la zona rosa, los restaurantes de mariscos, las cantinas de ambiente elegante con música en vivo.
Y Don Chuy, que vendía dulces desde las afueras de esos establecimientos, conocía a todos los meseros, a los valets, a los guardias de seguridad. Sabía a quién preguntarle sin levantar sospechas.
—Don Bartolo, ¿cómo está ese nietecito? —le dijo a un guardia que hacía guardia en la puerta de un club nocturno.
—Creciendo rápido, don Chuy. A cada rato me pide dulces de los que usted vende. —sonrió el guardia—. ¿No ha vendido hoy?
—Ya vendí todo, pero ando buscando a un par de muchachos que me deben un favorcito. Un señor alto, delgado, de traje gris, y otro más bajito, con lentes. Se movían en un auto negro, de los caros.
El guardia frunció el ceño. Reflexionó por un momento y luego asintió.
—Sí los vi, don. Entraron hace como dos horas al club. Son de esos que llegan a gastar lo que no han ganado —dijo con tono de desprecio—. Pero ya deben ir saliendo, porque la tarima de música termina a las diez.
Don Chuy miró su reloj. Eran las 9:45 de la noche. Perfecto. Le dio las gracias al guardia, se colocó bien el sombrero, y se ubicó en la esquina, justo donde la luz de la calle encontraba a la penumbra. Desde ahí, podía ver la salida sin ser visto.
Sus manos, viejas y arrugadas, jugueteaban con el billete falso dentro de su bolsillo. “Este papel me lo van a cambiar como sea”, pensaba. “Aunque sea por la lección más cara de sus vidas.”
El corazón le latía fuerte. No de miedo —los viejitos del barrio no conocen el miedo cuando han perdido el respeto— sino de emoción. La misma emoción que siente un cazador cuando ve a su presa acercarse.
A las 10:15 salieron. El joven del traje gris iba riéndose con su amigo, el de los lentes. Llevaban unos tragos encima, se notaba en el caminar, y celebraban algo que Don Chuy no podía oír pero podía adivinar perfectamente.
—¡Oye, viejo! —gritó uno de ellos, cuando lo vio acercarse—. ¿No tienes más dulces? Le ganamos a todos los demás vendedores, no te ves tan fácil de nuevo, ja.
Don Chuy sonrió. Pero era esa sonrisa de que le nacía a los vendedores astutos, la que gastaban cuando el cliente caía en el juego.
—No, jovencito. Pero te andaba buscando. Verás, me equivoqué de billete. Éste que me dieron está bien falso, y vengo a pedirte el cambio justo.
El joven del traje gris se puso pálido por un segundo. Su amigo dejó de reír. Se miraron entre ellos, y luego el del traje se echó a reír de nuevo, aunque su risa ya no sonaba tan segura.
—¿Y esta vieja? —le dijo a su amigo—. Mire, señor, yo le pagué bien. Ahora si usted no sabe contar, problema suyo.
—No se trata de saber contar, hijito. Se trata de saber ser honesto. Yo le di mi mercancía de verdad: un día entero de trabajo. Usted me dio un papel sin valor. Eso se llama robo, y no me da la gana dejarme robar.
El amigo de los lentes se puso nervioso. Comenzó a mirar alrededor, buscando salidas.
—Oye, papi —dijo, acercándose al abuelo—. ¿Por qué no hacemos un trato? Aquí te damos algo de dinero, y nos olvidamos de todo.
Don Chuy levantó las cejas. Sabía que estos muchachos no llevaban mucho dinero en efectivo, porque nadie en estos días carga demasiado billete. Y sabía también que el miedo los estaba manejando.
—¿Sabés qué? No vengo a pedirte nada que no sea lo que es mío —respondió, con una voz que imponía autoridad—. Pero te doy una opción. O me pagas el valor completo de lo que me compraste, o les cuento al dueño de ese local y a todos los empleados, que me digan si quieren que vuelva a vender aquí, cómo estos dos señores de traje fino estafan a la gente pobre.
El del traje gris cambió el semblante. Su arrogancia se derrumbó por completo. Don Chuy sabía que, en esos círculos, la reputación lo era todo. Un rumor puede arruinar a un abogadito recién salido de la universidad, que se las da de grande con el dinero de sus padres.
—Está bien, está bien, se lo pago —dijo a regañadientes, sacando la cartera—. ¿Cuánto era? ¿Quinientos?
—Trescientos —respondió Don Chuy, con una sonrisa socarrona—. Pero ahora, con el interés, son quinientos. Aprendiste una lección que no te va a cobrar nadie más en la vida.
Los dos jóvenes intercambiaron miradas. No tenían opción. Sacaron los billetes, los contaron lentamente, y se los entregaron al abuelo. Sus manos temblaban un poco.
Don Chuy tomó el dinero sin apuro, lo contó despacio, billete por billete. Luego lo guardó en su bolsillo, se acomodó el sombrero, y les dio una última mirada.
—Cuídense mucho, muchachos. Y la próxima vez, piensen dos veces antes de jugar con el esfuerzo de alguien que sí sabe trabajar.
Y con esas palabras, se dio la media vuelta y comenzó a caminar hacia su casa, sin mirar atrás.
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