Continuamos donde quedó la escena, con el salón aún tejiendo los hilos de la sorpresa…
Arturo estrechó a su hermana en un abrazo rápido. Pero ya podía sentirse el cambio en la atmósfera. Los invitados que antes habían evitado acercarse a Isbel por desconocimiento, ahora se agolpaban a su alrededor con una mezcla de admiración y curiosidad.
—Señorita Fernández —dijo una mujer mayor, con un vestido de gala color burdeos y una gargantilla de perlas—. Ha sido usted un ejemplo de dignidad esta noche. No sabía que esta casa había cambiado de manos.
—No era información pública, doña Mercedes —respondió Isbel con amabilidad—. Y la verdad, tampoco creí necesario hacer un comunicado. Cuando se tiene algo, no necesita andar pregonándose.
La dama rio con una risa suave y melódica.
—Esa frase debería estar grabada en mármol, hija.
Cerca de la mesa de postres, un grupo de jóvenes mujeres comentaban en susurros lo ocurrido. Eva, la hija de unos banqueros importantes, miraba su teléfono con una mezcla de escándalo y fascinación.
—Ya está circulando en las redes —dijo—. El video de Mariana rompiendo la copa. Ya tiene medio millón de visitas.
—Pobre Mariana —comentó otra—. Su familia está arruinada y ahora todos lo saben. ¿Qué va a hacer?
La pregunta quedó flotando en el aire.
Pero en la cocina, mientras los chefs terminaban de emplatar el plato principal, una conversación muy distinta estaba por desarrollarse. El mayordomo de la mansión, un hombre de unos sesenta años llamado don Sabas, estaba en una llamada telefónica con un anciano de voz grave.
—¿La señorita Isbel y su hermano están ahora en el salón? —preguntó el anciano.
—Sí, señor —contestó don Sabas en voz baja—. La señorita está atendiendo a los invitados. Todo salió como usted lo planeó.
—Está bien —dijo el anciano—. Pero aún falta la parte más difícil. El encuentro con el señor Alcázar padre esta noche. No debe saber nada de la carta hasta que ambos se encuentren frente a frente.
En el salón principal, Isbel seguía recibiendo felicitaciones cuando sintió una vibración en el bolsillo de su vestido. Sacó su teléfono y vio una notificación de su abogada.
Un nuevo correo electrónico.
Perpleja, abrió la aplicación y sus ojos recorrieron rápidamente el mensaje. Era de la notaría de su padre. Un documento que se había autorizado a abrir únicamente cuando se cumplieran dos condiciones: que la casa volviera a estar bajo su nombre por completo, y que estuviera de vuelta en ella por más de un año.
Ambas condiciones ya se habían cumplido.
El documento era un sobre digital con un sello dorado. Lo abrió.
Adentro había tres fotografías escaneadas y una carta manuscrita de su padre, escrita doce años antes.
El corazón le palpitó fuerte.
—«Querida Isbel, si estás leyendo esto, significa que ya llegaste al lugar donde debías llegar. Y también significa que aquel que te hizo daño está cada vez más cerca de encontrar su merecido. Esta casa conserva más secretos de los que imaginaste. Busca en el despacho, en el cajón secreto del escritorio de caoba. Allí encontrarás un sobre que cambiará la conversación que tendrás mañana con Jorge Alcázar.»
Isbel levantó la vista del teléfono, pálida.
—Arturo —dijo en voz baja, llamando a su hermano—. Ven conmigo al despacho.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien?
—Ahora no. Hay algo que tengo que ver. Y mañana hay una conversación que tengo que tener.
Sin terminar de explicarse, atravesó el salón con paso firme, seguida por una confundida Arturo, cruzó el pasillo que conducía al despacho privado de su padre, y abrió la puerta de madera tallada que crujió bajo sus dedos.
El escritorio de caoba seguía allí. Grande, imponente, cubierto de papeles antiguos y carpetas de cuero. Lo habían conservado intacto después de la muerte de su padre, con la esperanza de que algún día este momento llegara.
Arturo entró detrás de ella, cerró la puerta y encendió la luz.
—¿Qué está pasando realmente, Isbel?
Ella no respondió. Se acercó al escritorio y, con manos temblorosas, comenzó a examinar los cajones. El derecho, el izquierdo, el central. Nada fuera de lo común.
—Papá escribió una carta —dijo al fin—. Dice que hay un cajón secreto.
Arturo arqueó una ceja.
—¿Un cajón secreto? ¿Eso no es cosa de películas?
Isbel sonrió con melancolía.
—Papá era precisamente eso: un cineasta apasionado. No me sorprendería que fuera algo más que un cajón.
Siguió recorriendo con las yemas los bordes de los cajones hasta que, en la parte inferior del escritorio, donde la madera parecía formar parte de la moldura decorativa, sus dedos encontraron una pequeña hendidura, invisible a la vista.
Aplicó presión.
Un clic suave.
El panel inferior se deslizó apenas medio centímetro hacia afuera.
Isbel contuvo la respiración. Dentro había un sobre manila, amarillento por los años, con su nombre escrito a mano: «Para Isbel, cuando llegue el momento».
Temblando, rasgó el sobre y sacó su contenido.
Papelitos, recibos y un documento de varias páginas.
Sus ojos recorrieron las primeras líneas.
—Ay, Dios mío —susurró.
—¿Qué dice? —preguntó Arturo acercándose.
La mano de Isbel se cerró con fuerza sobre el sobre.
—Esto va más allá de la casa, hermano. Esto es sobre la muerte de mamá.
Arturo palideció.
La muerte de su madre había sido un accidente de tráfico, ocurrido veinte años atrás. Nunca hubo sospechas de que algo fuera mal. Pero los papeles que Isbel sostenía contaban una historia muy distinta.
Había un informe odontológico. Una fotografía de la reconstrucción de un vehículo. Un recibo de un taller mecánico a nombre de Jorge Alcázar, por un trabajo de interferencia de frenos, realizado dos semanas antes del accidente.
—Él no solo quería la casa —dijo Isbel con la voz rota—. Quería todo lo que heredáramos. Y lo hizo veinte años antes de que nos diéramos cuenta.
Arturo cayó sentado en una silla de cuero, sin poder evitar que se les escapara un temblor en las manos.
—¿Estamos leyendo lo que creo que estamos leyendo?
—Lo estamos —dijo Isbel.
Levantó la vista hacia el escritorio, donde el viejo teléfono fijo de su padre descansaba. Extrañamente, había un botón de «retorno de llamada» titilara rojo.
Sin pensar dos veces, lo pulsó.
Una voz grave contestó al otro lado, después de un solo tono.
—¿Quién es?
Isbel reconoció la voz al instante.
Era Jorge Alcázar.
Descubre el desenlace final tocando el botón siguiente 👇




