Esa escena que viste allá afuera era solo el principio, y ahora sí, aquí se destapa todo.
¿Por qué me mira así? pensó Valeria mientras sentía el calor de la vergüenza subirle por el cuello. ¿Qué le hice yo para que me trate de esta manera?
La tarde era dorada en la plaza principal de Zapopan. Los vendedores de elotes comenzaban a prender sus brasas y el olor a maíz tostado se mezclaba con el murmullo de la gente que salía del trabajo.
Valeria había llegado caminando desde la parada del camión, ajustando la correa gastada de su mochila escolar. Su uniforme de la preparatoria abierta estaba planchado, pero las puntas de sus tenis mostraban el desgaste de muchos kilómetros recorridos.
Del otro lado de la fuente, una multitud se había reunido alrededor de algo brillante.
La motocicleta era una obra de arte sobre dos ruedas: una Ducati Panigale V4 en rojo carmesí, con detalles en negro carbón que reflejaban la luz de la tarde como espejos líquidos. El motor estaba pulido hasta el último tornillo, y sus líneas aerodinámicas parecían esculpidas por un artista obsesionado.
Valeria sonrió al verla. Ahí está, mi niña bonita, pensó con orgullo.
Pero entonces la vio a ella.
Mariana se apoyaba contra el asiento de la motocicleta como si fuera un trono. Vestía un conjunto deportivo de licra negra de una marca italiana que costaba más que el salario mensual de la mayoría de los presentes. Sus uñas acrílicas, decoradas con pedrería, sostenían un teléfono celular último modelo con el que se tomaba selfies desde todos los ángulos posibles.
Una amiga de Mariana, igual de arreglada, la fotografiaba desde distintos puntos.
«Ahora desde aquí», decía Mariana, reclinándose sobre el depósito de gasolina. «Que se vea bien la Ducati de fondo».
Alrededor de ellas, un pequeño círculo de curiosos observaba con admiración. Comentaban sobre el precio del vehículo, sobre la potencia de su motor, sobre el tipo de persona que podía permitirse semejante lujo.
Valeria se acercó, sintiendo el calor del sol en su nuca. La motocicleta era muy importante para ella. Había trabajado durante tres años en un taller mecánico después de las clases para ahorrar cada peso. Había sacrificado fiestas, viajes y comidas fuera. Había dormido poco y soñado mucho.
«Esta moto vale lo que tú jamás vas a tener en tu vida», dijo Mariana en voz alta, respondiendo a un comentario que una mujer mayor había hecho entre la multitud. «No cualquiera se puede montar en una bestia así».
La mujer mayor se alejó murmurando algo sobre la falta de respeto.
Valeria dio un paso al frente. Quizás solo quiero verla de cerca, pensó. Después de todo, es mía.
Se acercó unos metros más, con las manos en los bolsillos de su pants azul marino. No quería problemas. Solo quería llegar, montar su motocicleta e irse a casa antes de que oscureciera.
Mariana la notó de inmediato. La escaneó de arriba abajo con la misma expresión que usaría alguien al descubrir una cucaracha en la cocina.
«¿Qué miras, tú?», preguntó con una sonrisa burlona que le curvaba las comisuras de los labios.
Valeria parpadeó. «Nada. Solo venía…»
«¿Venías a qué? ¿A pedir limosna?» Mariana se enderezó y se cruzó de brazos. Sus uñas acrílicas tintinearon contra la licra negra. «Porque si es eso, no traigo cambio. Y aunque trajera, no te lo daría».
Algunas personas de la multitud rieron con nerviosismo. Otros bajaron la mirada, incómodos.
Valeria sintió que su estómago se contraía. «No venía a pedir nada. Solo…»
«¿Qué? ¿A soñar despierta?» Mariana dio dos pasos hacia ella, posando para el público invisible que la rodeaba. «Mira, niña, déjame explicarte algo. Esto no es un museo. Esta moto no es para que la gente como tú se acerque a manchar el asiento con las manos sucias».
Valeria miró sus manos. Estaban limpias, aunque tenía una pequeña uña rota del trabajo en el taller.
«Yo no dije que quería tocarla», respondió Valeria con voz temblorosa pero firme.
«Pues me da igual lo que quieras o no quieras». Mariana se acercó hasta quedar a centímetros de su cara. El perfume caro que usaba envolvía el aire entre ellas. «Esta moto cuesta más de quinientos mil pesos. ¿Sabes cuánto es eso en tu mundo? Para vosotros, morrita, ese es el sueldo de toda una vida. La mía, yo la compré con el dinero del extranjero que me mandan mis papás que viven en Houston».
Las cejas de algunos presentes se alzaron. Valeria respiró profundo.
Quinientos mil pesos, pensó. Eso es más o menos lo que cuesta. Aunque le puse unas mejoras que valen otros ochenta mil.
«Es bonita», dijo Valeria, sin apartar la mirada de la motocicleta. Los escapes de fibra de carbono, los frenos Brembo que ella misma había instalado, el asiento de cuero perforado que había elegido con tanto cuidado.
«¿Bonita?» Mariana soltó una carcajada. «¿Eso es lo mejor que se te ocurre? Tenías que ser tú. Una muerta de hambre que usa tenis de oferta opinando sobre una obra de arte».
La amiga de Mariana se atragantó con el refresco que estaba bebiendo.
«No estoy opinando», dijo Valeria con paciencia. «Solo dije que es bonita. No tiene nada de malo».
Mariana se volvió hacia su amiga. «Oye, escucha a esta. Dice que es bonita. ¿Qué sabrá ella de cosas bonitas si no puede ni comprarse un pantalón que le quede bien?»
La multitud comenzó a murmurar. Un par de personas sacaron sus teléfonos y empezaron a grabar.
«Deberías tener más respeto», dijo una señora con un niño de la mano. «La muchachita no te ha hecho nada».
«¿Respeto?» Mariana giró sobre sus talones. «El respeto se gana, abuelita. Y esta viene vestida como si acabara de salir de un basurero, con esos tenis rotos y esa mochila que parece sacada de un bazar».
Valeria apretó los dientes. Todos sus ahorros, todos sus años de esfuerzo, estaban personificados en aquellos tenis gastados. Y también en la motocicleta que tenía enfrente.
«Yo me gané lo que tengo», murmuró Valeria, más para sí misma que para Mariana.
«¿Qué dijiste?» Mariana levantó una ceja perfectamente depilada. «¿Me estás contestando? A ver, repítelo para que todos escuchen a la mocosa insolente».
«Dije que me gané lo que tengo», repitió Valeria alzando un poco la voz. «Y que no está bien juzgar a las personas por su ropa o sus zapatos».
El aire se tensó. La amiga de Mariana dejó de tomar refresco y las personas que estaban grabando acercaron sus teléfonos para captar mejor el audio.
«¿Tú te ganaste algo?» La risa de Mariana fue corta y afilada, como un cuchillo. «Mira qué ternura. La niña de la prepa abierta que se cree autosuficiente. Dime, preciosa, ¿en qué te ganaste tu vida? ¿Recogiendo latas? ¿Lavando platos?»
Valeria sintió el impulso de responder con la verdad. De gritarle que esa motocicleta el sábado anterior estaba en el taller para revisión de aceite a los seis mil kilómetros. Que ella misma había verificado la presión de las llantas esa mañana.
Pero no lo hizo. Había algo en la arrogancia de Mariana que le recordaba a la directora de su secundaria, la que siempre le decía que las alumnas de su colonia no tenían futuro.
«Mire, señorita», dijo Valeria con voz calmada pero firme. «Usted está parada ahí con una propiedad que no le pertenece. Y cuando la dueña real aparezca, ¿cómo cree que se va a sentir?»
El silencio se hizo tan denso que podía cortarse con un cuchillo.
«¿Perdón?» Mariana dio un paso hacia ella. «¿Me estás diciendo que esta moto no es mía?»
«¿Es suya?» Valeria la miró directo a los ojos, sintiendo algo que no había sentido en toda la tarde: seguridad.
«Claro que es mía». Mariana hizo un gesto teatral con la cabeza. «¿Quién más podría tener este nivel de gusto? ¿Tú?»
Y soltó una carcajada que rebotó contra las fachadas coloniales de la plaza. Era una risa gutural, exagerada, diseñada para anular a su interlocutora. Era la risa de alguien que está acostumbrada a que todo el mundo se le quite del camino.
Valeria no se movió.
«Solamente te lo digo para que no te lleves una sorpresa», dijo, con un tono tan calmado que incluso su propia amiga la miró extrañada. «Espero que tengas una muy buena explicación cuando llegue la verdad».
La muchedumbre comenzó a especular en voz baja. Un señor de barba canosa se adelantó. «¡Cálmense, cálmense! ¿Qué está ocurriendo aquí? ¿Por qué hay tanto escándalo por una moto que no es de ninguna de las dos?»
«¿De quién más podría ser?» insistió Mariana. «¡Toda la gente que me conoce sabe que mi papá es ingeniero y se fue al gabacho! Y este regalo me lo compró el año pasado para mi cumpleaños. No voy a dejar que esta mugrosa venga a ponerme en duda».
«¿Cuándo fue su cumpleaños?», preguntó Valeria.
«¿Y eso qué te importa?»
«Solo curiosidad. A veces la gente cuenta mentiras con fechas que no cuadran».
Mariana abrió la boca perfumada para responder, pero algo en la mirada de Valeria la hizo detenerse. Aquella muchachita delgada, con los tenis gastados y la mochila bordeaux, tenía una certeza en los ojos que era inquietante.
Valeria sabía exactamente qué venía ahora. Había visto este momento tantas veces en su mente que ya lo había ensayado hasta el último detalle.
«Ya me cansé de esta pérdida de tiempo», dijo Mariana, revoleando el cabello por sobre el hombro. «Tengo hambre. Vámonos a cenar», le dijo a su amiga. «Acompáñame a dejar la moto al estacionamiento y nos vamos por unas alitas».
«No creo que deba llevar esa moto al estacionamiento», terció Valeria con una calma que sorprendió a todos los presentes.
«¿Ahora me vas a decir dónde puedo o no puedo estacionar mi moto?», preguntó Mariana con ironía.
«No. Solamente le estoy avisando que esa moto no es suya. Y que si quiere evitar un problema mayor, le recomiendo que se baje de ahí y espere a que llegue su dueño».
Los ojos de Mariana se estrecharon hasta convertirse en dos rendijas.
«Alguien llama a la policía», gritó una mujer desde el público. «¡Esta chica le está robando la moto a esa señorita!»
Del otro lado de la plaza, se escuchó el sonido de un motor acercarse, pero no era el de la Ducati. Era un coche blanco de agencia de seguridad privada.
Las personas que estaban grabando voltearon al mismo tiempo. El coche de seguridad se estacionó a unos metros de la fuente y un hombre uniformado bajó. Era robusto, de bigote recortado y andar firme, con una tableta digitalizada en la mano.
«¿Qué está pasando aquí?», preguntó con seriedad profesional.
Mariana se cuadró inmediatamente. «Guardia, qué bueno que llega. Está mujer me está acosando. Dice que esta moto no es mía y no sé con qué intenciones, porque le acabo de decir que no le voy a dar limosna. Me está discriminando frente a todos».
El guardia miró a Mariana, luego a Valeria, y luego a la motocicleta. Sus dedos se movieron sobre la tableta unos segundos antes de que sus ojos se abrieran con lentitud.
«¿Habremos llegado a tiempo al nuevo formato de conciliación?», preguntó a nadie en particular mientras consultaba su tableta.
La tensión se podía palpar. Valeria, por su parte, se había cruzado de brazos y estaba tranquila.
«Señorita», dijo el guardia, dirigiéndose a Mariana. «¿Me puede mostrar la factura de esta motocicleta, por favor?»
«¿Factura?» Mariana puso los ojos en blanco. «No cargamos papeles encima por salir a pasear, amigo. Esta es una Ducati, no una bicicleta robada».
«Comprendo. ¿Y esta es su moto?»
«Al cien».
El guardia asintió, con el ceño fruncido. Luego se volvió hacia Valeria. «¿Y usted qué relación tiene con el vehículo?»
Antes de que Valeria pudiera responder, un grito se escuchó desde un costado.
«¡Permiso! ¡Permiso!»
Un joven de unos veinticinco años, con overol de mecánico y las manos manchadas de grasa, entró en escena a toda velocidad, jadeando por la carrera. Llevaba un llavero enorme en la mano derecha. Era el chico del taller mecánico donde Valeria había trabajado tres años.
«Jefe, qué bueno que llegué», dijo el joven entre quejidos mientras tosía por el esfuerzo. «Le he llamado al celular diez veces, usted no contesta y me dijeron que aquí estaba. Este era el telefono de la emergencia».
«¿Jefe?», preguntó la amiga de Mariana con el ceño fruncido.
Valeria sonrió y dio un paso al frente, acercándose por fin a la motocicleta.
«Tengo el teléfono en la mochila y tengo el modo silencio, porque entré a la biblioteca», respondió con calma. «¿Qué pasó, Toño?»
«Fue una tontería, nomás que un cliente quería hablar urgente por la cotizacion de la vespa y me urgia saber si le cobrabamos el cambio de llantas», dijo Toño.
La amiga de Mariana tosió. «¿Cotización de una vespa?»
«Somos un taller autorizado», explicó Valeria con naturalidad. «Y hace media hora puse aquel aviso en la cartelera de la plaza, el de servicio express de motos. ¿Ya vieron? El que dice «Mecánica y Mantenimiento Automotriz Espinoza»».
Mariana abrío la boca, pero no salió ningún sonido.
Valeria se acercó a la motocicleta, se inclinó y, de la cajuela que nadie había notado, sacó un llavero con un pequeño dije de metal plateado. Era una llave distinta a la que ella llevaba en el bolsillo, pero perfectamente reconocible para quienes conocían de motocicletas.
Levantó el llavero ante la vista de todos y apretó un botón. La motocicleta respondió con un destello de luces y un pitido breve.
«¿Cómo diste eso?», preguntó Mariana con voz ronca.
«Es la segunda llave», respondió Valeria mientras caminaba hacia la moto. «La primera la tengo yo también. La puse debajo del asiento, en un escondite secreto, para emergencias. No pensé que la necesitaría tan pronto».
Mariana se quedó con el corazón golpeando contra las costillas. El cuerpo le pedía retroceder, pero la soberbia le impedía ceder el terreno.
«Es imposible que esa llave funcione», dijo con una voz que ya no tenía la seguridad de antes. «Puede ser de otra moto».
Valeria se montó en la Ducati con una destreza que no dejaba lugar a dudas. Sus manos encontraron el manubrio con la memoria de tres años de trabajo y de sueños. La moto encendió con un rugido perfecto, elegante y profundo.
«Esta vez se nota que la conozco», dijo Valeria mientras el sonido del motor llenaba el lugar.
El silencio de la plaza fue total.
Toño se acercó y le entregó un documento plastificado que había sacado de un bolsillo interior de su overol. Valeria lo tomó, lo desdobló lentamente y se lo extendió a Mariana.
«La factura original, a mi nombre», dijo con calma. «Valeria Espinoza Méndez, fecha de compra hace exactamente un año, pagada de contado con el dinero que ahorré trabajando en mi propio taller. Puedes verificarla cuando quieras. Tiene sello de agua y el número de serie está registrado».
Mariana no la tomó. Se quedó mirando el documento como si fuera una víbora a punto de morderla.
Entonces, la muchedumbre estalló.
«¡Qué momentazo!», gritó un chico que estaba grabando con su teléfono. «¡Justicia divina!»
«¡Siéntate ahora, presumida!», exclamó la señora que había defendido a Valeria minutos antes.
Los aplausos comenzaron a oírse por todas partes. Era un sonido atronador que rebotaba en las fachadas. Valeria no sonrió de manera triunfal, sino que mantuvo la mirada fija en Mariana.
Mariana se puso blanca, luego roja, luego de nuevo blanca. Abrió la boca para decir algo, pero las palabras no llegaban.
«Yo…», tartamudeó. «Es que… el papá de una amiga me prestó la moto, la alquilé para tomarme las fotos, es que mi ex me iba a ver desde lejos…»
«No importa la razón», replicó Valeria, sin elevardemasiado la voz. El motor de la Ducati todavía ronroneaba como un gato enorme. «Lo que importa es que viniste, te encaramaste en algo que no era tuyo, y te pusiste a humillar a la primera persona que se cruzó con tu camino. Resulta que esa persona era la dueña».
Mariana parpadeó, aturdida. Sus uñas acrílicas, que hacía unos minutos parecían garras, ahora eran frágiles manos inconexas. Su amiga por fin reaccionó y agarró aire.
«Lo siento», alcanzó a decir Mariana, aunque las palabras sonaran vacías.
«Yo no quiero disculpas», la cortó Valeria. «Quiero que bajes de mi moto. Ya lo hiciste todo el tiempo que quisiste».
Mariana desmontó la moto con extremo cuidado. Sus talones resonaron en el empedrado de la plaza.
Todo el mundo esperaba que Valeria dijera algo más. Quizás un comentario hiriente, una venganza bien ejecutada, una frase que se volviera viral.
No lo hizo.
En lugar de eso, mientras todos la miraban y una mujer vestida con ropa holgada alzaba el puño en señal de victoria, Valeria tomó el casco que llevaba colgado en el manubrio, lo abrochó bajo su barbilla y miró a la muchedumbre con una calma sorprendente.
Muchos esperaban que sacara el teléfono, subiera el video con el título “Mirá quién se sube a mi Ducati”. Lo que hicimos es que Valeria respiró hondo, metió la mochila bordeaux en el asiento trasero y sacó una cámara compacta que usaba para fotos de mantenimiento. Le mostró una imagen en pantalla a Mariana.
«Tú apareces en mis cámaras de seguridad del taller desde hace más de dos horas», dijo Valeria calmadamente. «Mientras yo estaba en la biblioteca estudiando para la prepa abierta, tú andabas probándote la moto, posando y quizás hasta cotizando cómo desarmarla. Antes de que vengas con tu historia de alquiler, es mejor que pienses bien qué versión le vas a dar».
Mariana tragó saliva. Ya no quedaban restos de la mujer soberbia de las selfies.
«Puedes irte o llamar a la patrulla», concluyó Valeria. «Pero de aquí no sales con la imagen que entraste».
Un muchacho con un piercings gritó desde la multitud: «¡Se llama karma!»
Las risas y aplausos volvieron a estallar. Pero Mariana ya no era el centro de atención. Valeria lo era, pero tranquila, serena, con la factura doblada en la mano.
Mariana agarró a su amiga del brazo, murmuró «Vámonos» y comenzó a caminar rápido hacia la calle. A nadie le importó. Todo el mundo se quedó mirando a la chica de tenis gastados, pero que ahora estaba sentada sobre una Ducati que había pagado con su propio trabajo y que acababa de ganarse la tarde con un única lección bien aplicada.
Pero la historia aún no había terminado, porque Valeria encendió el motor, y en lugar de dar la vuelta hacia su casa, se quedó un instante mirando a la mujer que seguía alejándose. Algo en su pecho le dijo que ahí había una lección más, una más grande que el orgullo propio.
Entonces puso la moto en neutral, se quitó el casco y dejó que el cabello le rozara el cuello. Todos la observaban en silencio.
«¡Espera!», gritó.
Mariana se detuvo y giró con el rostro desencajado, sin saber si Valeria iba a rematarla con otro golpe.
Valeria no avanzó hacia ella. Solo alzó la voz para que todos escucharan:
«Yo también sé lo que es sentir que no valgo nada. Yo también sé lo que es que te miren feo por la ropa que traes puesta. Yo estudié de noche mientras trabajaba de día, y lloré muchas veces porque pensé que nunca llegaría a ningún lado. Y sabes qué, hoy no siento orgullo de haberte humillado. Me siento triste porque nos enseñaron a pisar a otros para sentirnos arriba».
Un silencio que no era tenso se apoderó de la plaza.
«Esta moto es el resultado de mis sacrificios», siguió Valeria. «Pero si tú un día compras la tuya, espero que sepas que no hace falta rebajar a los demás para que valga la pena. Que cuando encuentres el amor propio, no te va a urgir demostrarle al mundo quién eres».
La amiga de Mariana soltó el brazo de su compañera y metió las manos en los bolsillos. Mariana no dijo nada, pero sus ojos, que antes escupían veneno, ahora estaban vidriosos. Asintió lentamente, sin decir palabra, y se dio la vuelta.
Un rumor de aprobación bajó por la multitud. Alguien empezó a aplaudir lentamente, y pronto la plaza fue un coro de aplausos y silbidos.
Pero Valeria les pidió silencio, levantando suavemente una mano.
Todos se callaron al instante.
Valeria sacó el teléfono, marcó un número, y esperó a que el timbre respondiera. Escuchó dos tonos. Del otro lado, una voz respondona, familiar.
«¿Sí?»
«Tía, soy yo, Valeria. ¿Quieres salir hoy? Por fin terminé la cotización de la Vespa y con el dinero que me sobró te invito un café al puesto de la esquina, de ese que nos gustaba cuando yo era niña».
La voz de la tía chilló del otro lado. «¿Me estás hablando desde la Ducati? ¡Dios mío, hija!»
«Ya la terminé por completo», dijo Valeria mirando la moto con amor. «Espero que te sientas orgullosa de mí. Nadie me ha parado por mi ropa en el taller desde el mes pasado».
«Nadie debería parar a una mujer por la ropa, mija. Mucho menos a una que puede pagar una Ducati y también el cambio de llantas de las vespas de los demás».
«Exacto». Valeria se rió. «Y quería pedirte perdón por no creerte cuando me decías que no iba a ser nadie por salir de una colonia humilde. Estabas equivocada, tía. Pero no voy a presumir. Mejor te veo en media hora, ¿te parece?»
«Estaré esperando, corazón. Te quiero, mucho. Pero sobre todo, admiro tu temple».
Valeria colgó y guardó el teléfono.
Sin embargo, antes de enfundarse el casco, miró a la cámara de un chico que seguía grabando desde la fuente. Acercó la cara sin miedo y dijo, casi en un susurro:
«Lo que acabas de ver no es para que publiques solo el momento del grito y la humillación. Publícalo para que las personas piensen dos veces antes de juzgar a alguien por la etiqueta de su ropa. Y para que sepan que las historias no las definen las facturas, sino lo que haces con lo que tienes».
El chico asintió y apagó la grabación. «Lo voy a subir con tu permiso».
«Con permiso», dijo Valeria. Y tras dar la vuelta a la llave, la Ducati ronroneó y salió rumbo a la casa de su tía, escoltada, durante los primeros diez metros, por el rugido de una multitud que la despedía con aplausos y gritos de admiración.
Espera. Antes de que el motor se perdiera a lo lejos, Valeria frenó en seco, dio marcha atrás y regresó hasta donde estaba el guardia de seguridad.
«Oye», le dijo, sacando la factura otra vez, «cuando la señorita Mariana llegue a su casa y quiera inventar que yo le robé la moto, aquí está mi número de taller y mi nombre completo. Pero hay algo que debes saber».
«¿Qué?», preguntó el guardia sorprendido.
«La moto no es solo el premio a mi esfuerzo. Hace un año, yo estaba igual que esas personas que la miraban sonriendo por compromiso. No tenía ni para el camión y lloraba de impotencia en mi cuarto. Esta moto no me hace mejor persona», dijo con serenidad. «Pero me recuerda que nadie puede decirte que no puedes, si tu constancia es más fuerte que las burlas». Dio un par de palmadas al guardia en el hombro y le entregó una tarjeta de presentación. «Si ella quiere reparar lo que hizo, que me llame. No para cobrarle algo, sino para que vea cómo se maneja un taller que trata a todos por igual».
El guardia guardó la tarjeta en silencio. Era de las pocas veces que su tableta no tenía respuesta para algo.
Además, el señor de la barba canosa, que había permanecido a un costado toda la escena, se acercó.
«Soy el dueño de la papelería de la esquina», dijo tendiendo la mano. «Y soy el papá de un chico que trabaja en su taller de mecánica. Quiero que sepa que muchas veces lo veíamos llegar en el camión, con la muda de trabajo al hombro. Y todos en el barrio sabíamos, tarde o temprano, que usted iba a ser alguien. Pero espero que no se olvide de que, si algún día necesita un local más grande para el taller, la primera opción tiene que ser la mía».
Valeria lo miró con los ojos brillantes.
Un muchachito que miraba desde un puesto de frutas levantó la mano tímidamente. «¿Señorita? ¿Usted es la que arregla motos?»
«Sí, soy la dueña del taller», contestó.
«Mi papá está vendiendo una vieja Italika para pagar mis útiles escolares. Pero no anda. ¿Usted cree que me la pueda arreglar y yo le pago con lo que gane repartiendo folletos?»
Valeria se acercó, se agachó a la altura del niño, y le dijo con una voz que solo él pudo escuchar:
«Vente mañana por la tarde al taller. La reviso gratis y si necesita piezas, hacemos un trato justo. ¿Cómo te llamas?»
«Diego».
«Pues, Diego, tengas por seguro que ninguna persona vuelve a humillar a otra por sus tenis gastados en esta plaza mientras yo tenga una Ducati para recordar de dónde vengo». Y mientras el sol estiraba las sombras de la tarde, Valeria se perdió entre las calles laterales, con una última mirada de soslayo hacia el lugar donde Mariana había quedado de pie, mirando su teléfono sin atreverse a mirar hacia atrás.
La vida, pensó Valeria mientras aceleraba hacia lo que de verdad importaba, casi nunca te da justicia cuando la pides a gritos. A veces te la da en forma de lección compartida, y decide que tu mejor venganza es no parecerte nunca a quien te quiso ver caer.




