Estás en la parte 2: la historia continúa…
El reloj de pared marcaba las diez de la noche cuando Valentina salió al pasillo. Llevaba el vestido blanco, sí, pero también llevaba una expresión que nadie le había visto nunca. Caminaba despacio, con la cabeza en alto, como una reina que va a enfrentar a una corte indigna.
Escuchó las voces antes de llegar al salón principal. Doña Sofía se reía a carcajadas con sus amigas, contando alguna anécdota de su viaje a Europa. Todo en ella era sofisticado: el peinado perfecto, el collar de perlas, la manicura impecable. Pero Valentina ya no veía la fachada. Veía el monstruo que se escondía detrás de los buenos modales.
—¡Aquí está la novia! —exclamó doña Sofía al verla llegar—. Pensábamos que te habías perdido, querida.
—Solo estaba tomando aire —respondió Valentina, forzando una sonrisa—. ¿Me acompañas a dar un pequeño paseo por los jardines? Hay algo que quiero hablar contigo.
Doña Sofía parpadeó. No estaba acostumbrada a que la novia tomara la iniciativa. Pero con la mirada de todos los invitados sobre ella, no podía negarse sin levantar sospechas.
—Claro, querida. Por supuesto.
Las dos mujeres caminaron hacia la salida de los jardines. Valentina podía sentir el perfume caro de su suegra, ese aroma floral que había creído elegante, pero que ahora percibía como un insecticida. Todo en doña Sofía le resultaba repulsivo.
El jardín estaba iluminado con faroles de hierro forjado, creando sombras danzantes sobre los senderos de piedra. Valentina se detuvo cerca de la fuente central, espaciándose una buena distancia de la mansión. Suficiente para no ser escuchadas.
—¿Qué necesitas, querida? —preguntó doña Sofía, jugando con su pulsera de oro—. Últimamente ha sido tan agitado que apenas hemos tenido tiempo de hablar nosotras…
—Sí, qué lástima —dijo Valentina, y su voz sonó tan natural que casi la sorprendió—. Pero bueno, ahora es un buen momento. Quería preguntarte algo.
—Dime.
—¿Cuánto tiempo llevaban planeando lo de las capitulaciones?
Doña Sofía se quedó helada. El vaso de champaña que sostenía quedó suspendido en el aire, sus dedos temblorosos.
—No entiendo qué quieres decir, Valentina.
—No te hagas la inocente. Te escuché en la terraza cuando hablabas por teléfono. También vi cómo celebraste con Ricardo. No fueron difíciles de encontrar, de hecho… tienes una voz muy fuerte.
El silencio entre ambas fue tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Doña Sofía era una mujer acostumbrada a controlar todas las situaciones, pero no estaba preparada para esto. Tomó un segundo, echó un trago de champaña y luego sonrió con esa sonrisa diplomática que usaba en sus eventos benéficos.
—Valentina, creo que malinterpretaste todo. Lo que escuchaste fue…
—¿Malinterpreté que planeaste un matrimonio falso para quedarte con la herencia de Ricardo? —la interrumpió Valentina, ya sin máscara—. ¿O malinterpreté que dijiste que no sabía nada porque soy una «ingenua»?
La mano de doña Sofía apretó el vaso con fuerza. La máscara empezó a resquebrajarse.
—Mira, niña —dijo con una venenosa dulzura—. Tú veniste de un barrio pobre, sin apellidos, sin educación. Ricardo te iba a dar una vida que jamás soñaste. El trato era simple: nosotros te dábamos el anillo, el vestido, la boda… y tú firmabas los papeles. Todo el mundo sale ganando.
—¿Y yo qué gano? —preguntó Valentina, con los ojos brillantes.
—Ganas no ser una mujer fracasada que se queda sola y sin dinero. Eso es más de lo que tendrías sin nosotros.
Un viento frío recorrió el jardín. Valentina lo sintió, pero no se movió. Las palabras de su suegra, en lugar de lastimarla, terminaron de construir la armadura que su corazón necesitaba.
—Doña Sofía… —dijo lentamente—. ¿Cree que una persona como yo no puede pelearla de igual a igual con alguien como usted?
La mujer mayor sonrió, condescendiente.
—Querida, yo he manejado negocios, he cerrado tratos millonarios. Tú apenas sabes firmar documentos. ¿Qué podrías hacer?
Valentina no respondió con palabras. En su lugar, sacó de su vestido un sobre que había guardado bajo la capa de tul.
—Cuando firmé las capitulaciones —dijo colocando el sobre sobre la mesa de piedra de la fuente—, también tomé un par de hojas de tu escritorio. Eran contratos, doña Sofía, contratos de tus negocios. Los guardé… por si acaso. ¿Sabe lo que dicen los abogados sobre esto? Se llama prueba documental.
Doña Sofía empalideció de golpe. Sus manos, antes tan seguras, comenzaron a temblar. Valentina continuó:
—No soy abogada, pero tengo una amiga que estudió leyes y me explicó que esos contratos podrían enviarte a la cárcel por evasión fiscal. Y que si yo llevo estos papeles al juez y explico cómo me engañaron para firmar… pues, la anulación del matrimonio sería apenas el comienzo de mis reclamos legales.
La dama de la alta sociedad abrió la boca, pero no salieron palabras. Valentina le sonrió, esta vez con una calidez genuina.
—Pero no se preocupe, doña Sofía. Yo soy una buena persona. No quiero arruinarlos. Solo quiero que anulemos este matrimonio ahora mismo, que Ricardo admita la verdad frente a todos los invitados, y nos vayamos cada quien por su lado. Sin escándalos, sin abogados… sin lágrimas.
—Ni… ni loca —tartamudeó doña Sofía—. Ni loca te voy a dejar salir con eso…
—Entonces, me veré obligada a usar estos papeles —dijo Valentina, guardando el sobre nuevamente—. Y créame, doña Sofía, cuando el juez los vea, no importará cuánto dinero tenga su familia para pagar buenos abogados. Las pruebas son claras.
De lejos, se escuchó la música que anunciaba el baile de los novios. El momento había llegado.
—Vamos —dijo Valentina, extendiendo la mano hacia la mansión—. Debemos volver. Los invitados están esperando.
Doña Sofía la miró como quien ve a un fantasma. Y con el paso lento de quien ha perdido una batalla, siguió a su nuera hacia el interior de la casa.
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