Esa escena que te dejó sin aliento tiene mucho más detrás, y esto apenas comienza.
—¿Perdón? —la voz de Rodrigo salió deformada, un hilo ronco que no reconocía como suyo.
A su alrededor, el salón principal de la Hacienda Los Alamos brillaba con la opulencia de siempre. Las arañas de cristal lanzaban destellos dorados sobre los invitados, y el champán corría como si el mundo no se estuviera derrumbando bajo sus pies. Pero Rodrigo no veía nada de eso. Solo veía a Valentina, su esposa —su casi ex esposa—, de pie frente a él con la cabeza en alto y los ojos secos.
—Dije que no voy a la gala —repitió ella, con una calma que lo desquiciaba—. Pero no por la razón que crees.
Rodrigo soltó una carcajada amarga. Se ajustó el puño de la camisa, un gesto que usaba cuando necesitaba recordarse a sí mismo quién era. Quién mandaba.
—¿Ah, no? ¿Entonces por qué? —preguntó, y su mirada se deslizó con desprecio hacia el vestido sencillo de Valentina, un modelo del año pasado, nada que ver con las lentejuelas con que Karina, su nueva acompañante, deslumbraba desde el sofá—. ¿Porque no tienes nada que ponerte? ¿Porque te da pena aparecer a mi lado así?
—Rodrigo, por favor. No hagas esto.
—¿Que no haga qué? —dio un paso hacia ella, y la voz se le subió un tono, suficiente para que algunas cabezas se giraran. Los invitados más cercanos fingieron no escuchar, pero los oídos estaban bien abiertos—. ¿Que sea honesto? ¿Que te diga la verdad delante de todos?
Valentina no retrocedió. Esa fue la primera señal de que algo andaba terriblemente mal. La Valentina que él conocía —la mujer callada, la que firmaba lo que le ponían delante, la que cedía siempre— ya se hubiera encogido. Pero esta noche, esta mujer que tenía enfrente, lo miraba con una fijeza que le erizó la nuca.
—¿La verdad? —musitó ella.
—Sí. La verdad. —Rodrigo se volvió hacia Karina, que sonreía desde su trono improvisado, exhibiendo cada curva comprada a crédito. La tomó del brazo, desafiante—. Ella sí pertenece a mi nivel. Entiéndelo de una vez, Valentina: tú no vas.
El silencio se hizo piedra.
Alguien soltó una risita nerviosa entre los invitados. Rodrigo saboreó el momento como quien bebe un whisky caro. Le encantaba ese poder, el de humillar con la palabra justa, el de partir en dos a alguien con una sola frase.
—Mírate —remató, y la recorrió con la mirada de arriba abajo, lento y cruel—. Das pena.
Los ojos de Valentina parpadearon una sola vez. No se quebraron.
Rodrigo esperaba lágrimas, un portazo, un berrinche. En lugar de eso, ella sonrió. Una sonrisa pequeña, letal, de esas que no llegan a los ojos pero llegan al alma.
—Perfecto —dijo, sacando un teléfono del bolsillo del vestido—. Porque ya no necesito ir. —Miró el reloj de pared—. En veinte minutos, la gala comienza. Y quiero que estés ahí para verlo todo.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Qué estás diciendo?
—Lo que oyes. —Valentina guardó el teléfono y se alisó el vestido con una tranquilidad que lo enfurecía—. Solo te pido una cosa: cuando el presentador anuncie al nuevo dueño de Grupo Alzamora, no hagas una escena. Te lo digo por tu bien.
El nombre de la empresa lo golpeó en el pecho.
—¿Qué sabes tú del Grupo Alzamora? —gruñó, dando un paso amenazante—. Tú nunca supiste nada de mis negocios. Estabas demasiado ocupada comprando velas aromáticas y llorando por tu madre muerta.
Ahí, por primera vez, vio una grieta en esa fachada. Los dedos de Valentina se cerraron sobre el borde del vestido, y su mandíbula se tensó.
—Tu madre muerta —repitió ella, bajísimo—. Qué bonito. Qué caballero eres, Rodrigo.
Karina, aburrida de la escena, se levantó del sofá con un ruido de lentejuelas.
—Cariño, vamos. El chofer espera. —Le lanzó una mirada de desprecio a Valentina—. Y tú… no olvides cerrar la puerta cuando te vayas.
Se marcharon así, orgullosos, sin voltear atrás.
Pero Valentina se quedó de pie en medio del salón, mirando la puerta por donde habían salido. En su mano, el teléfono aún vibraba con un mensaje nuevo. Sonrió de nuevo, con esa sonrisa letal que le helaba la sangre a cualquiera que la conociera.
—Cierra tú la puerta cuando te despidan, querido —murmuró para sí misma—. Porque de aquí a una hora, no tendrás llaves para abrir ninguna.
Rodrigo, en la limusina de camino a la gala, no podía quitarse de la cabeza la escena. La imagen de Valentina sonriendo le picaba como una astilla bajo la piel.
Karina, que se retocaba el maquillaje, lo notó.
—¿Sigues pensando en ella? —preguntó con un mohín—. Déjala ya, cariño. Está celosa. Es normal, pobre mujer.
Rodrigo no contestó. Tenía la mirada clavada en la ventana, en el desfile de luces de la ciudad. Algo no encajaba. Valentina nunca había hablado así. Valentina siempre callaba, siempre agachaba la cabeza, siempre aceptaba la migaja que él le lanzaba como quien da de comer a un perro fiel.
Pero esta noche no agachó la cabeza.
Esta noche, lo miró como se mira a un hombre que ya está muerto y no lo sabe.
—¿Qué sabes tú del Grupo Alzamora? —repitió en voz baja, como si la respuesta flotara en el aire contaminado de la limusina.
Karina soltó una risa tonta.
—¿Grupo Alzamora? ¿Tu empresa? ¿Pero no me dijiste que tu apellido venía de tu padre?
—Mi padre fundó la empresa —la cortó Rodrigo—. Alzamora era su apellido. El mío también, aunque yo use el de mi madre para los negocios. —Hizo una pausa—. Es un nombre que pocos conocen, Karina. Y Valentina lo pronunció como si lo hubiera tenido en la boca toda la vida.
La limusina giró hacia la avenida principal, y las torres del Centro de Convenciones aparecieron a lo lejos, iluminadas como un palacio de cristal.
El estómago de Rodrigo dio un vuelco. No sabía por qué. No tenía razón para estarlo.
Y sin embargo, el miedo ya estaba allí, instalado como un inquilino sin invitación, tocando la puerta de su conciencia.
—Señor Alzamora —dijo el chofer—. Llegamos.
Rodrigo salió del vehículo sin esperar a que le abrieran la puerta. El aire de la noche, fresco y cargado de perfume caro, lo golpeó en la cara. Tomó una bocanada, tratando de recuperar la compostura. Delante de él, las puertas del salón principal se abrían de par en par, y el murmullo de la multitud lo recibió como un abrazo que no sabía que necesitaba.
Karina se colgó de su brazo con una sonrisa de triunfo. Los flashes de las cámaras estallaron a su alrededor.
—Sonríe, cariño —dijo ella—. Todo el mundo nos mira.
Rodrigo sonrió. Pero detrás de esa sonrisa, una sola pregunta martillaba su cabeza sin tregua:
¿Por qué dijo que yo no iría a la gala?
La fiesta estaba en pleno apogeo cuando llegaron. El salón principal del Centro de Convenciones era un mar de brillantes y corbatas, un océano de sonrisas falsas y apretones de manos que valían millones. Rodrigo se movía entre la multitud con la soltura de quien ha nacido en ese mundo, saludando aquí y allá, sintiendo en el peso de las miradas el reconocimiento que tanto le costaba conseguir.
Porque Rodrigo Alzamora, como le gustaba recordarse, era un hombre hecho a sí mismo. O al menos, eso se decía cada mañana frente al espejo. Había construido su imperio ladrillo a ladrillo, sí, pero cuántos de esos ladrillos estaban manchados con sudor ajeno, con promesas rotas, con hombres y mujeres a los que había desechado cuando dejaron de servirle, era una pregunta que no se hacía.
La banda de jazz tocaba en el escenario principal, y los camareros pasaban bandejas de plata con canapés que costaban más que el salario mensual de cualquiera de sus empleados.
—Señor Alzamora —lo abordó un hombre de traje gris, con la sonrisa pegada de los que siempre quieren algo—. Qué alegría verlo. ¿Ha escuchado los rumores?
—¿Qué rumores?
—Que hay un nuevo inversor. Algo grande. Alguien compró la mayoría de las acciones de… —el hombre hizo un gesto vago—, bueno, de una empresa importante. Se sabrá esta noche. El anuncio será la gran sorpresa de la gala.
Rodrigo palideció un ápice. La mayoría de las acciones. De una empresa importante. Las piezas comenzaban a encajar en un rompecabezas que no le gustaba nada.
—¿De qué empresa habla?
—No me lo han dicho, jefe. Pero dicen que el nuevo dueño estará aquí esta noche. Y que es una mujer.
La sangre se le heló.
Una mujer.
Valentina.
No. No puede ser. Ella no tiene dinero. Ella nunca tuvo acceso a mis cuentas. Yo controlaba todo.
Pero su mente, traicionera, le recordó los últimos meses: las reuniones silenciosas de Valentina con sus abogados, las llamadas que cortaba cuando él entraba en la habitación, esa obsesión nueva por aprender sobre inversiones y finanzas. Él lo había ignorado todo, demasiado ocupado con Karina, demasiado ciego ante la única persona que lo conocía de verdad.
Karina, que seguía colgada de su brazo como una joya más, lo sacó de sus pensamientos.
—Cariño, ¿qué te pasa? Estás pálido.
—Nada. —Rodrigo se soltó del brazo—. Vamos a tomar aire.
Pero no llegaron lejos. El maestro de ceremonias subió al escenario, y el micrófono emitió un chirrido que acalló las conversaciones.
—¡Damas y caballeros! —tronó la voz del presentador—. Bienvenidos a la gala anual de Grupo Alzamora. Esta noche celebramos nuestros logros, pero también celebramos un futuro nuevo, brillante, lleno de promesas.
Rodrigo sintió cómo el suelo se movía bajo sus pies. Grupo Alzamora. Su empresa. Su empresa.
—Tenemos un anuncio especial —continuó el maestro de ceremonias, con una sonrisa que no presagiaba nada bueno—. Después de una negociación privada que sorprenderá a más de uno, Grupo Alzamora tiene nuevo dueño asegurado.
El murmullo recorrió el salón como un latido.
—Con ustedes… —el presentador hizo una pausa teatral—. ¡La nueva dueña absoluta de la empresa!
Las puertas principales se abrieron.
Y por ellas, con la cabeza en alto y los ojos brillándole con una luz que él nunca le había visto, entró Valentina.
El vestido sencillo era ahora un diseño de alta costura, negro, elegante, de los que no necesitan lentejuelas para acaparar todas las miradas. Sus zapatos resonaron en el mármol como pasos de reina. Su sonrisa, al encontrarse con la mirada de Rodrigo, fue la de una mujer que acaba de ganar la guerra más larga de su vida.
Rodrigo intentó hablar, pero las palabras no le salieron. Sintió cómo Karina, a su lado, se aferraba a su brazo con fuerza, como si ella también estuviera viendo caer un mundo.
Valentina se detuvo frente a él. A su alrededor, los invitados contenían la respiración. El silencio era tan espeso que se podía masticar.
—Hola, querido —dijo ella, con una calma que dolía—. ¿No me das la bienvenida? Ah, cierto. —Sacó un sobre del bolso y lo extendió hacia él—. No es necesario. Tenías razón. No pertenezco a tu nivel. Tú perteneces al mío.
Rodrigo tomó el sobre con manos temblorosas. Lo abrió con dedos torpes, mientras los ojos de toda la élite empresarial de la ciudad lo perforaban como cuchillos.
Era el divorcio. Firmado, sellado, listo para presentar ante el juez.
Y debajo, una carta de despido con el logo de Grupo Alzamora. Con su nombre, su cargo, y una sola línea escrita a mano por Valentina:
Estás despedido. Efectivo inmediato. Cierra la puerta al salir.
El teléfono de Rodrigo vibró en el bolsillo. Era un mensaje de su abogado.
«Rodrigo, ¿qué has hecho? Acaban de congelar todas tus cuentas. El consejo de administración ha aprobado tu remoción por justa causa. Llámame urgente.»
Levantó la vista. Valentina lo miraba sin odio, sin rencor. Solo con esa serenidad devastadora de quien ha ganado sin disparar una sola bala.
—Lo siento, querido —dijo ella, tan baja que solo él la escuchó—. Pero tú mismo lo dijiste: ella pertenece a tu nivel. Y tú, después de esta noche, no perteneces a ningún lado.
El salón entero estalló en aplausos feroces.
Y Rodrigo, el hombre que tenía todo, el que había humillado a su esposa por una mujer de lentejuelas, se quedó solo en medio de su imperio derrumbado, mirando cómo el mundo seguía girando sin él.
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