Continuamos con la historia donde la dejamos, en el momento en que la verdad empezaba a asomarse entre las sombras…
La imagen del celular mostraba el jardín lateral de la mansión, bañado por la tenue luz de las lámparas solares ese atardecer. Era una cámara de seguridad, encargada de vigilar esa zona de la propiedad, y en la pantalla se veía perfectamente la silueta de alguien caminando con paso furtivo.
—¿Ves? —dijo Marcos, señalando la pantalla con el dedo tembloroso—. Esa persona se acerca a la ventana de la habitación de la niña.
Doña Eugenia se acercó más a la pantalla, frunciendo el ceño. La figura estaba envuelta en una sudadera con capucha, pero se podía distinguir que no era de complexión pequeña. Era más alta que Valeria, hombros anchos, caminar decidido.
—¿Y esa qué…? —empezó a decir la patrona, pero se detuvo cuando la figura en el video se agachó, manipuló algo en el marco de la ventana, y luego de unos segundos, se retiró rápidamente hacia la oscuridad del jardín.
—Ahora mire esto —continuó Marcos, avanzando el video unos minutos—. Esta es la cámara del pasillo del segundo piso, el que está justo antes de llegar a la habitación de la niña.
La pantalla cambió de imagen. En ella se veía a Valeria caminando hacia el cuarto de lavado con un cesto de ropa, mirando hacia adelante, sin notar que a sus espaldas, cubierto por una sombra, alguien se deslizaba hacia la habitación de Sofía. La silueta tenía el mismo porte que la figura del jardín.
—¡No puede ser…! —murmuró doña Eugenia, con la voz ronca.
—Y esto es lo más revelador —dijo Marcos, con un tono grave—. Esta es la cámara del fondo del pasillo, la que apunta hacia el dormitorio principal.
La imagen mostraba, en primer plano, el dormitorio de la niña. La puerta entreabierta dejaba ver a Sofía durmiendo plácidamente en su cama. Y entonces, la misma figura encapuchada apareció en el marco, se asomó unos segundos, y con un movimiento rápido, dejó caer algo al interior de la habitación antes de alejarse.
Doña Eugenia sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Su rostro, que había permanecido duro y desafiante, comenzó a descomponerse en una mueca de incredulidad.
—Pero… ¿quién es? ¿Quién es esa persona? —preguntó, con la respiración agitada.
—Eso es lo que me falta por confirmar —respondió Marcos—. La cámara del fondo del pasillo no tiene buena resolución, pero sí captó perfectamente el rostro de esa persona cuando pasó por delante.
Avanzó el video unos segundos más, y la imagen se detuvo justo en el momento en que la figura pasaba frente a la cámara. La capucha se había movido por la prisa, y por un instante, se pudo ver el rostro de quien había entrado en la habitación de la niña.
Doña Eugenia contuvo un grito. Su mano salió disparada hacia la pantalla y la agarró con tanta fuerza que Marcos tuvo que soltar el teléfono.
—¡No puede ser! —exclamó, con la voz mientras la imagen quedaba congelada en el rostro del culpable—. ¡Es… es…!
Valeria, que seguía arrodillada en el suelo, levantó la vista. Había permanecido en silencio durante toda la reproducción, sin atreverse a interrumpir. Pero ahora, el grito ahogado de la patrona le dio una fuerza que nunca antes había sentido.
—¿Quién es, señora? —preguntó, con voz temblorosa pero firme.
Doña Eugenia se quedó muda por unos segundos, con la mirada clavada en la pantalla. Cuando finalmente levantó la cabeza, sus ojos estaban llenos de lágrimas, y una mezcla extraña de culpa y rabia se dibujaba en su rostro.
—Es Jorge —susurró, apenas audible—. Jorge, mi… mi hermano.
Valeria sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Jorge Altamirano, el elegante y siempre sonriente hermano de la patrona, el hombre que solía presentarse en la mansión cada fin de semana con regalos caros y cumplidos para todos. Incluida ella.
—¿Jorge? —repitió Valeria, sin poder contener la sorpresa—. ¿El hermano de usted?
Doña Eugenia asintió, con los labios apretados, y sintió que todo su mundo de mármol y oro comenzaba a resquebrajarse como un vidrio al que le acaban de dar un martillazo implacable.
—Pero… ¿por qué? —murmuró, como hablando consigo misma—. ¿Por qué haría algo así contra mi hija? ¿Contra la niña que él mismo llamaba «su tesoro»?
Marcos intercambió una mirada con Valeria. En los ojos de la joven, la esperanza empezaba a teñirse de otra cosa: el miedo. Porque si el culpable era el hermano de la patrona, todo, absolutamente todo, podía pasar. En esa casa llena de lujos, el poder tenía un solo dueño y una sola manera de ejercerse.
—Tengo que llamar a la policía —dijo doña Eugenia, pero su voz tembló y las palabras quedaron flotando en el aire sin convicción.
—¿Está segura, señora? —intervino Marcos con cautela—. Su hermano… él tiene influencias. Y si esto se filtra, el escándalo…
La patrona levantó la mano para detenerlo. En su mente, las ideas se atropellaban como caballos desbocados. Su hermano llevaba años administrando las finanzas de la familia, tenía acceso a cuentas, propiedades, secretos que ella misma había confiado. Acusarlo significaba desatar una guerra que, muy probablemente, no ganaría.
—Déjame sola —ordenó de repente, con la voz quebrada—. Necesito pensar.
—Pero, señora… —intentó protestar Valeria.
—¡Déjame sola, carajo! —gritó la patrona, y el silencio que siguió fue tan profundo que se escuchaba el latido de su propio corazón desbocado.
Valeria se puso de pie, sintiendo que las rodillas le temblaban. Sabía que su vida pendía de un hilo. Si la patrona decidía proteger a su hermano, toda la culpa caería sobre ella nuevamente. No tenía documentos que la respaldaran, no tenía dinero para un abogado, no tenía a nadie en esa ciudad que pudiera decir una buena palabra por ella.
Y la niña, la pequeña Sofía, seguía peleando por su vida en un hospital mientras su madre decidía entre la verdad y la conveniencia.
Marcos se acercó a la joven y le sostuvo el brazo para ayudarla a caminar.
—Tranquila —le susurró al oído—. No estás sola. No permitiré que pagues por esto.
Valeria lo miró, y por primera vez en muchas horas, sintió que el corazón le latía un poco menos desbocado.
Pero aún quedaba la noche más larga por delante. Y en esa mansión, la mañana traería noticias que nadie jamás podría prepararse para escuchar.
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