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«Nadie le dijo al morro que ya no tenía que fingir»: la tarde en que la piscina devolvió lo que el duelo se llevó

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Esa historia que empezaste a leer allá, con el sol cayendo sobre el agua, no terminaba en la orilla. Aquí es donde la tarde se quiebra, donde las voces cambian y el nudo se aprieta o se suelta. El morro sigue en la reposera, con los hombros encogidos y los pies en el piso mojado.

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El sol de las tres pegaba directo contra el cemento claro, y el agua de la piscina parecía una lámina de vidrio líquido.

—

Las palmeras apenas se movían, como si también ellas estuvieran con sueño, aguantando la modorra de esa hora en que nada sucede y nadie tiene prisa.

—

En la reposera de lona blanca, con las tiras azules desteñidas por los veranos, un joven permanecía sentado.

—

No estaba dormido.

—

Tenía los ojos abiertos, fijos en un punto del agua que no era ningún punto en particular. Las manos descansaban sobre sus muslos, entrelazadas con una calma que no se notaba en la tensión de sus dedos.

—

Un celular estaba boca abajo sobre la mesita de plástico, junto a una botella de agua sin abrir.

—

Llevaba una camiseta negra holgada y unos shorts de baño color gris, de los que nunca usa nadie en una piscina porque parecen más un secreto que una elección.

—

No tenía toalla.

—

No tenía lentes.

—

No tenía nada que lo conectara con ese lugar, salvo su cuerpo quieto y una mirada que hacía tiempo había decidido no mirar.

—

Del otro lado del patio, junto a la entrada del vestidor, la sombrilla de rayas amarillas y blancas lanzaba una sombra tímida. Debajo de ella, en dos reposeras juntas, una pareja conversaba en voz baja.

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—

Él se llamaba Roberto, y tenía la piel bronceada de quien trabaja al aire libre, los brazos largos y un caminar pausado que parecía no tener prisa por nada.

—

Junto a él, Valeria ajustaba la correa de su traje de baño azul marino, con el cabello recogido en una cola de caballo alta que le daba un aire fresco, casi juvenil.

—

—¿Viste al muchacho de allá? —dijo Roberto, inclinando apenas la cabeza hacia la reposera a la orilla del agua.

—

Valeria siguió su mirada y lo vio: un hombre solo, sentado como si el mundo se hubiera detenido a su alrededor.

—

—Lleva así desde que llegamos —respondió ella, bajando la voz como si esas palabras pudieran escucharse a lo lejos—. Hace más de una hora.

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—No se ha metido al agua. Ni siquiera se ha movido.

—

—Tal vez solo quiere descansar.

—

Roberto negó con lentitud, guardándose un pensamiento que no llegó a decir en voz alta.

—

Él había tenido días así.

—

Días en los que el cuerpo se queda donde está, pero la cabeza está muy lejos.

—

Cuando tienes veintipocos años y el mundo te ha dado una lección que no pediste, hay una forma de sentarse que no se aprende en ningún libro. Es una postura de quien ha dejado de pelear con algo, pero no ha ganado nada tampoco.

—

El morro encogía los hombros como si tuviera frío, aunque el termómetro marcaba treinta y dos grados.

—

—Voy a hablarle —dijo Roberto de pronto.

—

Valeria lo miró con sorpresa.

—

—¿Hablarle? ¿No es muy tarde para eso?

—

—Nunca es tarde para sacar a alguien de su cabeza un rato.

—

—¿Y si no quiere? ¿Si solo quiere que lo dejen en paz?

—

Roberto se puso de pie, estirando la espalda con una calma que parecía ensayada.

—

—Eso es justamente lo que me preocupa —dijo—. Que haya decidido que lo dejen en paz por siempre.

—

Ella no respondió mientras lo veía caminar hacia el joven.

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—

El sol del mediodía hacía brillar las gotas de agua sobre los hombros de Roberto, todavía húmedos del chapuzón que se había dado hacía diez minutos.

—

La brisa apenas movía las hojas de las palmeras, y el sonido del agua chocando contra el desagüe era lo único que rompía el silencio del mediodía.

—

Cuando Roberto llegó frente a la reposera blanca, se quedó un momento en silencio, observando al joven que seguía con la vista perdida.

—

—¿Qué tal? —saludó, con una voz pausada y amable, de esas que intentan no asustar a nadie—. ¿Todo bien?

—

El muchacho parpadeó, como si volviera de un viaje muy lejano. Levantó la cabeza y miró a Roberto con unos ojos oscuros que tenían el brillo de quien ha llorado, pero hace tiempo ya.

—

—Sí, todo bien —contestó, con una voz que no quería convencer a nadie.

—

—Soy Roberto —dijo el hombre, extendiendo la mano sin preámbulos.

—

El chico dudó un segundo. Quizá era la sorpresa, quizá la falta de costumbre de recibir gestos amables de desconocidos. Pero al final, su mano encontró la de Roberto, y el apretón fue breve, flojo.

—

—Andrés —dijo.

—

—Mucho gusto, Andrés. ¿Estás disfrutando del día?

—

Andrés miró el agua, luego la piscina, luego sus propias manos, y dejó escapar una sonrisa pequeña, casi invisible.

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—Algo así —murmuró.

—

Roberto no se fue.

—

En lugar de eso, deslizó una de las reposeras vecinas y se sentó a unos dos metros de distancia, en ángulo, sin invadir su espacio, pero dejándole claro que estaba dispuesto a quedarse.

—

Era un movimiento calculado, de alguien que sabía que a veces lo único que necesita una persona es que alguien se siente cerca sin pedir nada a cambio.

—

Valeria, desde lejos, observaba la escena sin apartar los ojos.

—

—Andrés, te soy sincero —dijo Roberto, pasándose una mano por la nuca—. Te vi aquí sentado desde que llegamos, y pensé: «ese muchacho no tiene cara de estar disfrutando. Tiene cara de estar esperando que algo pase».

—

Andrés no respondió de inmediato. Sus dedos jugaron con una esquina de la lona de la reposera, enrollándola y desenrollándola una y otra vez.

—

—Tienes razón —admitió al fin—. No estoy disfrutando.

—

—¿Quieres contarme qué pasa?

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—

—No es una historia muy buena.

—

—Esas son justamente las que mejor se cuentan —dijo Roberto, con una sonrisa que no era de burla, sino de complicidad.

—

Andrés levantó la vista y, por primera vez desde que su hermano lo había dejado en la puerta de ese club, miró a alguien de frente.

—

—Mi esposa me dejó hace una semana —soltó, con la voz ronca, como si decir esas palabras en voz alta le arrancara algo que había estado guardando bajo llave.

—

Roberto no hizo ningún gesto. No arqueó las cejas. No hizo un sonido de sorpresa.

—

Se quedó tan quieto que Andrés pensó por un momento que no lo había escuchado.

—

Y entonces Roberto asintió despacio, como si esas palabras no fueran nuevas para él, como si las hubiera oído muchas veces más de las que le hubiera gustado.

—

—Ah —dijo simplemente—. Eso pesa.

—

—Más de lo que me imaginaba —contestó Andrés, y su voz se quebró apenas en la última palabra.

—

—¿Hace cuánto estaban juntos?

—

—Seis años.

—

—Seis años es mucho tiempo.

—

—Eso creía yo también.

—

El silencio volvió a caer entre ellos, pero no era un silencio incómodo. Era uno de esos silencios que le dan permiso al otro para seguir hablando si quiere, sin la obligación de hacerlo.

—

A lo lejos se escuchó un grito de una niña que saltaba al agua, y luego una carcajada de su madre.

—

Andrés miró hacia esa escena y apretó los labios.

—

—Ella era así —dijo—. Le encantaba el agua. Nadábamos juntos todos los fines de semana. Ella decía que el agua le limpiaba la mente, que cuando estaba ahí adentro nada más importaba.

—

—¿Y ahora?

—

—Ahora no se nada. Pero nadie conmigo.

—

Roberto asintió con la cabeza, sin apurar la conversación.

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—

—¿Sabes qué hice cuando me pasó algo parecido? —dijo Roberto, frotándose las manos—. Me quedé en mi casa durante tres meses. No salía. No hablaba. Pensé que si no veía al mundo, el mundo no me vería a mí.

—

Andrés lo miró, esperando el resto.

—

—Y un día, un amigo me tocó la puerta y me dijo: «te vengo a sacar de ahí». Era de mañana, yo andaba en pijama todavía, y ni siquiera había comido algo. Me arrastró a la playa. Me sentó frente al mar. Yo no quería ni mirar el agua.

—

—¿Y qué pasó?

—

—No pasó nada grandioso, Andrés. Eso es lo que te tengo que decir. No hubo música, no hubo una revelación, no hubo un momento mágico. Me quedé sentado, mirando el mar, y mi amigo se quedó sentado a mi lado, sin decir nada. A veces eso es todo lo que uno necesita: que alguien se siente cerca, aunque no hable.

—

Andrés bajó la mirada y dejó escapar un suspiro largo.

—

—Nadie se ha sentado conmigo —dijo—. Desde que ella se fue, nadie se ha acercado a preguntarme cómo estoy. Como si el dolor fuera contagioso.

—

—Tal vez la gente no sabe qué decir. A veces la gente no sabe qué hacer con el dolor de otros. No es que no quieran. Es que no entienden.

—

Andrés se rio amargamente.

—

—Y me mandaron aquí.

—

—¿Quién te mandó?

—

—Mi hermano. Dijo que necesitaba salir de casa. Que llevar tres días encerrado no era sano.

—

—¿Y por qué viniste, si no querías?

—

Andrés se quedó pensando un momento. La pregunta era más difícil de lo que parecía.

—

—Porque no sabía decirle que no —respondió al final—. Porque tenía miedo de que se preocupara más de lo que ya estaba. Porque a veces es más fácil hacer lo que esperan de uno que explicar lo que uno siente.

—

—Puede ser. Pero el que está aquí ahora eres tú, y tu cuerpo está aquí en este jodido día soleado, delante de una piscina que no te has dignado a tocar.

—

Andrés lo miró. Por un instante, la esquina de su boca se movió hacia arriba, casi una sonrisa.

—

—Suena ridículo cuando lo pones así.

—

—Un poquito, sí.

—

—El agua está ahí. Hace calor. El lugar es bonito. Y yo sigo aquí sentado como si me hubieran clavado al piso.

—

—Uno hace lo que puede, Andrés. Pero dime algo: ¿de verdad no quieres meterte? ¿O es que te da miedo lo que sientes si entras?

—

Andrés respiró profundamente.

—

—Odio el celular.

—

Roberto pestañeó.

—

—¿Cómo?

—

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—El celular de ella. Lo dejó sobre la mesa cuando se fue. Me dejó una nota que decía: «Toma esto. Te devolveré lo demás cuando pueda». Y se fue. Con una maleta, sin mirar atrás.

—

Su voz temblaba otra vez.

—

Valeria, desde lejos, vio que el joven agachaba la cabeza y se pasó la mano por los ojos.

—

Ella supo entonces que valía la pena quedarse.

—

Roberto guardó silencio, dejando que las palabras de Andrés flotaran entre ellos.

—

—¿Sabes qué hay en el celular? —continuó Andrés, sacando el teléfono de la mesita—. ¿Cuál es la última cosa que ella guardó ahí antes de irse? Un audio. No para mí. Un audio para ella misma, que se quedó grabado por accidente. Ella lo guardó en su carpeta de notas sin darse cuenta. Escribió «Cosas que me recuerdan por qué me estoy yendo».

—

Roberto no despegaba los ojos del celular.

—

—Y yo lo escuché —dijo Andrés—. Lo escuché el primer día. Y mi nombre aparece ahí. No con amor. Lo dice como una persona que está enumerando las razones por las que se fue.

—

—Entiendo que dure.

—

—Sí. El dolor me acecha.

—

Se quedaron en silencio unos segundos.

—

—¿Y esa es la razón por la que no te has movido de esta silla? ¿Por un audio?

—

Andrés apretó los labios.

—

—No me muevo porque no quiero tener que sentir algo distinto. Porque si me meto al agua, es aceptar que estoy aquí, que el día está soleado, que la vida sigue. Y no estoy seguro de querer aceptar eso.

—

—A veces estar triste se convierte en un lugar cómodo —dijo Roberto, con una calma que dolía—. No lo digo por juzgar. Lo digo porque conozco ese lugar. Es horrible, pero es conocido. Duele, pero al menos sabes cuánto va a doler.

—

Andrés lo miró con los ojos brillantes por primera vez desde que empezaron a hablar.

—

—Exacto —dijo—. Eso es exactamente lo que es.

—

—¿Sabes, Andrés? Yo vine aquí porque mi esposa y yo llevamos veinte años juntos. Y ella siempre dice que le tomó muchísimo tiempo entenderme. Yo no sabía cómo hablar de lo que sentía. Y perdí amistades. Casi la pierdo a ella. Pero aprendí una cosa: no se puede guardar el dolor dentro y también vivir.

—

—¿Y cómo se hace?

—

—No hay instrucciones. Pero hay un primer paso. ¿Todavía llevas puesto el traje de baño debajo de los shorts?

—

Andrés miró hacia abajo, sorprendido por la pregunta.

—

—Sí. Me lo puse por si acaso.

—

—¿Y sabes qué? No lo has usado para nada. Pero lo llevas puesto. Como si una parte de ti quisiera, aunque la otra parte no lo permita. Eso ya es algo.

—

Andrés miró al horizonte del agua. Un grupo de jóvenes corría por el borde, riéndose y salpicando.

—

—No sé si puedo.

—

—No tienes que saberlo. Solo tienes que intentarlo.

—

—¿Y si no funciona?

—

—Entonces vuelves a sentarte aquí. Pero al menos lo intentaste. Y eso, Andrés, ya es mucho más de lo que has hecho esta semana.

—

El joven cerró los ojos.

—

Por un momento, Roberto creyó que se levantaría.

—

Pero Andrés se quedó ahí, con los dedos agarrando la lona de la reposera, el pecho subiendo y bajando con respiraciones profundas.

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—

Valeria se acercó despacio, sin hacer ruido, con un vaso de agua en la mano.

—

—¿Todo bien? —preguntó ella, mirando a los dos hombres.

—

—Estamos hablando —dijo Roberto—. Andrés estaba contándome por qué no se ha metido al agua.

—

—¿Y qué te impide, Andrés? —preguntó ella, con una dulzura tan natural que parecía salida de un lugar de origen.

—

—Miedo —respondió él después de un largo momento—. Miedo a sentir algo distinto.

—

—No suena ridículo —dijo ella, arrodillándose a su lado y dejando el vaso en el suelo—. Suena como lo más valiente que alguien ha dicho hoy.

—

Andrés la miró con los ojos abiertos, como si esperara una burla que no llegó.

—

—¿Qué hay en el agua que tanto te asusta? —continuó ella—. ¿El golpe al entrar? ¿El frío al principio?

—

—Que me recuerde a ella.

—

Valeria entendió y asintió.

—

—¿Y si el agua no fuera de ella? ¿Si fuera solo agua?

—

Andrés guardó silencio.

—

Roberto se levantó, alisó su short y se acercó al borde de la piscina.

—

—Te propongo algo, Andrés —dijo, con la voz firme—. Voy a entrar al agua. Y voy a quedarme ahí un rato. Tú no tienes que hacer nada. Solo quiero que sepas que estarás aquí, en esta silla, pero yo estaré allá, y no tengo prisa.

—

—No voy a estar solo, ¿verdad? —preguntó Andrés, con una vulnerabilidad que lo empequeñeció.

—

—No. No vas a estar solo.

—

Roberto se zambulló con un movimiento suave, sin salpicar apenas, y surcó el agua hacia el centro de la piscina.

—

Valeria se quedó un momento con Andrés.

—

—Él es así —dijo con una sonrisa—. Es muy terco. Cuando se propone abandonar a alguien, no descansa.

—

—Tu esposo es buena persona.

—

Me corrigió el novio, pero no le importó la corrección. Le importaba cómo sonaba la palabra «esposo» saliendo de sus labios.

—

—Gracias —dijo ella finalmente, y le apretó el hombro antes de caminar hacia el agua y sumergirse con gracia.

—

Andrés los miró nadar juntos. Reían, jugaban, chocaban las manos.

—

Y entonces, cuando la risa de Valeria se elevó como un sonido libre, Andrés sintió un tirón dentro de sí.

—

No era dolor.

—

Era otra cosa.

—

Una cosa que no sabía nombrar, pero que le dolía distinto.

—

Y fue en ese momento cuando la frase llegó.

—

La frase que cambiaría todo.

—

Roberto, desde el agua, alzó la voz para que llegara hasta la reposera:

—

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—Oye, Andrés, ¿sabes lo que pasa cuando llevas tanto tiempo sin meterte? Que al principio el agua te parece demasiado fría. Pero cuando por fin te das valor, te das cuenta de que el agua no cambió. Lo que cambió fue tu miedo. Eso es lo que hace el tiempo, hermano. No te cura la herida, pero te enseña a nadar con ella.

—

Andrés lo escuchó, y esas palabras hicieron eco en un lugar profundo.

—

Pero no fueron las que lo levantaron.

—

Fue lo que dijo Valeria al día siguiente.

—

Ella nadó hasta el borde y lo miró con sus ojos serenos, con esa mirada que no pedía nada.

—

—Andrés —dijo—, el teléfono no tiene la culpa. El audio no tiene la culpa. La culpa no es de nadie. Solo es que el amor terminó. Y terminar no es una traición. A veces simplemente se acaba, y duele, pero no es culpa de nadie. Pero quedarte aquí, sentado, sin siquiera mojarte los pies, eso sí sería una traición. No para ella. Para ti.

—

Y entonces las palabras irresistibles, las que lo destaparon:

—

—Tu tristeza merece el honor de que la sientas en movimiento. No congelada en una reposera.

—

Andrés abrió la boca, pero no salió ninguna respuesta.

—

Miró el agua.

—

Miró sus manos.

—

Miró la mesita con el celular.

—

Y sin decir nada más, sin avisarle a nadie, se puso de pie.

—

La reposera crujió al liberarse de su peso.

—

Se quitó la camiseta negra.

—

Se quedó en shorts de baño, con el torso desnudo, como si por fin entendiera que había estado usando la prenda equivocada todo este tiempo.

—

Dio un paso, y luego otro.

—

Y cuando llegó al borde de la piscina, miró el agua como se mira a un espejo que no miente.

—

Roberto y Valeria, desde el agua, lo observaban sin decir nada.

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El sol parecía haberse detenido.

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Las palmeras aguantaron la respiración.

—

Andrés cerró los ojos, respiró hacia adentro, y dio el salto.

—

El agua lo recibió con un golpe fresco y sintió que todas las palabras que había guardado en su pecho se soltaban por fin.

—

Cuando emergió a la superficie, con el pelo chorreando y los ojos abiertos, miró al cielo y se rio.

—

No una risa fuerte.

—

Una risa pequeña.

—

La risa de alguien que acaba de entender que el agua no era enemiga.

—

Roberto nadó hacia él y le dio una palmada en la espalda.

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—Bienvenido, hermano —dijo—. Te estábamos esperando.

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—Yo también me estaba esperando —contestó Andrés, con la voz ronca—. Solo que no lo sabía.

—

Valeria sonrió desde el borde.

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—

Y el celular, olvidado, seguía en la mesita, con el audio sin reproducir.

—

Porque ya no era necesario escucharlo.

—

Porque al fin comprendió que el amor que se va no necesita despedida.

—

Y el agua, tranquila, volvió a ser solo agua.

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Alguien, desde una reposera lejana, aplaudió lentamente.

—

Una mujer dijo a su hijo: «Él lo hizo. Se levantó y saltó».

—

El niño respondió: «¿Por qué tardó tanto?».

—

Y la mujer, tomándolo de la mano, le contestó:

—

—Porque las cosas más importantes a veces tardan más en saltar.

—

Andrés nadó unos minutos más, luego salió, tomó el celular, y sin mirarlo, lo guardó en su bolsillo.

—

En la recepción, el hermano lo esperaba en la puerta.

—

—¿Qué tal estuvo? —preguntó con una sonrisa al verlo salir con el pelo mojado.

—

Andrés lo pensó un momento.

—

—El agua sigue igual —dijo—. Pero yo no.

—

Y esa fue la primera vez en siete días que sintió que la frase no era una mentira.

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