Continuamos donde la historia quedó en vilo: la verdad está saliendo a la luz.
— No puedo creerlo — murmuró Tomás, dejando caer el expediente sobre la mesa como si quemara.
— No tienes que creerlo — dijo Salcedo, guardando cuidadosamente los papeles en la carpeta —. Solo tienes que entenderlo. Ramiro Quispe no está aquí para asustarte ni para cobrar cuentas. Él está aquí porque no puede irse. No mientras haya alguien en peligro en ese túnel.
Tomás se frotó las manos, sintiendo que el frío del archivo se le había metido en los huesos. A su mente llegaban las imágenes de esa madrugada con una claridad dolorosa. La mano callosa del viejo empujándolo con fuerza, el rugido de aquella locomotora imposible, el silbato desgarrador que había llenado el túnel. Y luego, la luz roja apuntando hacia la nada.
— La linterna roja — susurró Tomás, casi para sí mismo —. Él me dijo que era para ver mejor, pero estoy seguro de que esa luz la usaba de señal. Para que yo lo identificara.
— Exacto. Los señaleros antiguos usaban luces rojas para advertir peligros. Y siempre las llevaban consigo hasta el final. Ramiro no es una excepción.
El joven no podía quedarse sentado. Se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro, intentando procesar todo lo que le acababan de contar. Cada paso aumentaba la confusión. Y a la vez, una especie de gratitud profunda, de esas que no se pueden explicar con palabras.
— Necesito ir al túnel — dijo de repente, deteniéndose en seco.
— ¿Estás loco? ¿Después de todo lo que viste?
— Precisamente por eso. Quiero ver si todavía está allí. Necesito saber si él sigue allí, de alguna manera. Si no le dije gracias, por lo menos quiero intentarlo.
Salcedo lo miró largamente, como si estuviera evaluando si confrontarlo o acompañarlo. Finalmente, respiró hondo y asintió.
— Te voy a acompañar. Pero si él quiere aparecer o no, eso ya no depende de nosotros.
El regreso al túnel número siete
Las 11 de la mañana iluminaban la entrada del túnel número siete con una luz gris, tamizada por esas nubes que suelen presagiar tormenta. La maleza había crecido alrededor de los rieles, cubriéndolos en parte, apoderándose de los durmientes como queriendo borrar todo rastro de civilización.
Tomás llevaba la linterna en la mano, pero esta vez con luz blanca. Sentía la necesidad de ver claramente, sin viejas luces rojas ni sombras que perturbaran lo que estaba buscando. Salcedo caminaba a su lado, en silencio, con las manos en los bolsillos del pantalón y una expresión que mezclaba respeto, miedo y resignación.
Entraron juntos al túnel. La temperatura descendió varios grados apenas cruzaron el umbral. El olor a humedad se volvió más intenso, mezclado con un vago aroma a madera quemada, a hierro viejo, a recuerdos que no terminaban de diluirse.
— ¿Es aquí donde lo viste? — preguntó Salcedo, deteniéndose.
— Sí. Apenas pasando la segunda junta de riel. Estábamos haciendo la inspección de mantenimiento cuando los rieles comenzaron a vibrar. Primero fue un cosquilleo, como cuando un tren pesado se aproxima. Pero no venía ningún tren en el horario. Ninguno.
Tomás se acercó al punto exacto. Se arrodilló y pasó la mano por los rieles, sintiendo el oxidado metal frío bajo las yemas.
— Aquí me empujó. Con una fuerza… — cerró los ojos, recordando —. No era una persona mayor empujando. Era como si un toro me hubiera lanzado.
— Es porque es más que una persona, Tomás. Es un alma que todavía cuida este lugar.
— ¿Cuántas veces ha salvado a alguien? — preguntó el joven, abriendo los ojos y mirando a Salcedo.
— Que yo sepa, en mis veinte años acá, al menos cinco casos oficiales. Pero sospecho que muchas más personas han tenido ayuda sin saberlo. Algunos se fueron del trabajo pensando que habían sufrido alucinaciones, otros le rezaron a Dios o hicieron una promesa. Ramiro no hace distinciones.
En ese momento, una corriente de aire helado los atravesó a ambos. No venía del exterior del túnel, sino de lo más profundo, como si algo se hubiera movido allá adentro. Tomás sintió los pelos de la nuca de punta y se incorporó de un salto.
— No puede haber corriente aquí… está clausurado en ambos extremos — dijo Salcedo, retrocediendo un paso.
— Jefe, míreme la linterna — pidió Tomás, sosteniendo el haz de luz sobre su propia mano. Un instante después, la bombilla parpadeó sin motivo. Tres veces. Y se apagó.
La oscuridad los envolvió por completo. Ni un haz de luz de la lámpara de la entrada, porque la distancia era demasiado grande. Ni siquiera podían ver sus propias manos frente a sus ojos.
—¿Salcedo? — llamó Tomás con un hilo de voz.
— Estoy aquí. No te separes.
Un sonido comenzó a hacerse audible. Un sonido seco, rítmico, que se acercaba lentamente desde el fondo del túnel. Como pasos caminando sobre las piedras del balasto. Alguien venía caminando hacia ellos en la oscuridad.
Luego vieron la luz. Una luz roja, débil, temblorosa al principio. Pero brillaba lo suficiente como para alumbrar una silueta: la silueta de un hombre de gorra gris de lana, con botas de seguridad y una linterna roja en la mano.
— Don Ramiro… — susurró Tomás, sintiendo el corazón en la garganta.
La silueta se acercó lentamente hasta quedar a un metro de distancia, flotando apenas sobre el balasto. Cuando levantó la cabeza, la luz roja reveló su rostro: los mismos ojos viejos, la misma expresión cansada. Pero ahora, alrededor de su cuello se veía la marca oscura de una herida que Tomás no había notado antes.
— Usted es… usted fue señalero. Aquí hace ochenta años.
— Setenta y nueve — dijo el espectro, con una voz que sonaba como un eco —. Ochenta se cumplirán en noviembre.
Salcedo dio un paso al frente, pero manteniendo distancia.
— ¿Por qué todavía sigue aquí, Ramiro? ¿Por qué no descansa en paz?
El espectro sostuvo la linterna roja en alto. La luz se proyectó más lejos de lo que debería, iluminando un tramo de vía donde se veían marcas de quemaduras viejas, como cicatrices en la tierra.
— Yo era el señalero de esta estación — dijo, con una voz que empezaba a fallar —. Esa noche, la señal de peligro se encendió demasiado tarde. Vi el expreso venir sin freno. Sabía que iba a chocar con la locomotora que venía en sentido contrario. No pude detenerlo.
— Pero usted lo intentó — dijo Tomás.
— Corrí por las vías con esta linterna. Corrí para advertirles. Pero era demasiado rápido. Me arrollaron aquí — señaló el punto exacto —. Y los trenes chocaron unos metros más allá. Murieron seis personas, incluyendo a mi hermano.
Un silencio profundo siguió a sus palabras. Tomás sentía una mezcla de lágrimas y rabia en la garganta.
— Entonces, ¿usted no puede irse por eso? — preguntó Salcedo con voz baja, casi rota.
— No me detiene lo que hice mal. Me detiene lo que quedó por hacer. Mi trabajo no estaba completo. Aún hay gente entrando a este túnel, aún hay vidas que proteger.
— Don Ramiro… — Tomás dio un paso hacia él, desafiando el miedo —. Usted me salvó. A mí y a mi padre. ¿Por qué? ¿Por qué seguir haciendo esto si ya no tiene por qué?
El espectro hizo una pausa. La luz roja de su linterna parpadeó otra vez, como un latido.
— Porque alguien tiene que cuidar a los vivos. Y ese es mi trabajo.
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