Estás en la parte 2: la historia continúa…
El auto avanzaba por la avenida principal, cruzando semáforos en rojo y esquivando autobuses con una habilidad que Mariana no sabía que tenía. Conducía desde hacía más de diez años, pero esa noche tenía una misión. Y cuando una mujer tiene una misión, no hay semáforo, ni tráfico, ni policía que la detenga.
— Mami, ¿estamos yendo a la casa de la abuela? — preguntó Valeria, que se había quitado la sudadera porque el sudor le comenzaba a enfriar la piel.
— No, mi amor. La abuela ya no vive aquí. Se fue a vivir con la tía Rosa en la costa.
— ¿Entonces, a dónde vamos?
Mariana apretó el volante con fuerza. — A la casa de la buena de la señora Gutiérrez. ¿Te acuerdas de la vecina de la esquina, la de los postres que siempre nos traía?
La niña asintió. La señora Gutiérrez era una señora mayor que vivía sola y que siempre estaba horneando. Cada vez que cocinaba, traía un plato de galletas o un flan a su casa. Era la clase de vecina que no se olvida jamás.
— Ella siempre me dice que puedo contar con ella para lo que sea. Y ahora es lo que sea.
Llegaron a una casa pintada de amarillo brillante, con un jardín lleno de flores de muchos colores. Mariana estacionó, tomó la mano de su hija y tocó el timbre. La puerta se abrió casi de inmediato, como si la señora Gutiérrez las hubiera estado esperando.
— ¡Mija! — exclamó la mujer, que llevaba puesto un delantal con flores y una sonrisa que iluminaba el amanecer. — ¿Qué haces tú aquí a esta hora, con esa cara?
— Doña Rosa, necesito un favor. Uno muy grande.
La señora Gutiérrez las hizo pasar sin hacer ninguna pregunta. Las sentó en su sala, que olía a canela y a vainilla, y les sirvió un vaso de leche tibia con un toque de miel.
— Cuéntame, corazón. ¿Qué es lo que te tiene así?
Y Mariana le contó todo. O casi todo. Le habló de los tres meses de injusticias, de cómo la tía de las «princesitas» llegaba cada fin de semana, de cómo Valeria se había convertido en la sirvienta de la familia, de cómo José Luis defendía a su hermana con una ceguera que la aterraba.
Doña Rosa escuchó con atención, sus ojos sabios brillando con una mezcla de tristeza y de comprensión. Cuando Mariana terminó, la señora la tomó de las manos.
— Yo conozco a esa familia, Mari. Bueno, no directamente, pero he escuchado cosas. Y sabes algo…
— ¿Qué? — preguntó Mariana, conteniendo el aliento.
— La hermana de tu esposo es una persona muy astuta. Pero no tiene poder real. Tu esposo es un hombre débil que necesita la aprobación de su hermana para sentirse importante. Y si le quitas la aprobación… se va a dar cuenta de quién es el que manda realmente.
— ¿Y cómo hacemos eso? — preguntó Mariana, sintiendo que el cerebro le trababa.
Doña Rosa se levantó y fue hacia un pequeño escritorio. Sacó un sobre amarillo, bien sellado.
— Tengo un amigo que es notario. Un notario muy serio, que se especializa en temas de divorcio y de custodia. Y que hace favores a personas que están pasando por injusticias. Le voy a dar tu número. Pero te voy a decir algo primero…
La señora hizo una pausa, y su expresión cambió. Se volvió seria, casi solemne.
— Si tu esposo es débil y prefiere complacer a su hermana antes que proteger a su propia hija, esa es una bandera roja que no puedes ignorar. Y si las hijas de tu cuñada están acostumbradas a ordenarle a tu hija, esa es otra bandera. Una persona así no puede estar a cargo del cuidado de un menor.
Mariana sintió que las piernas le temblaban. La revelación, dicha en voz alta por una desconocida, parecía hacer más real la pesadilla que vivía.
— Doña Rosa, ¿usted cree que…? — no terminó la frase. No podía.
— Yo no creo nada, mija. Yo sé. El patrón es claro. Tu esposo no te va a defender porque tiene miedo de enfadar a su hermana. Y tú sola no puedes cambiar eso. Pero hay leyes. Y hay pruebas. Y hay gente que te puede ayudar a proteger a tu hija.
En ese momento, el teléfono de Mariana vibró. Era un mensaje de José Luis. Lleno de insultos, de reclamos, de amenazas veladas. También era una amenaza que no se podía ignorar.
— ¿Puede dormir la niña aquí esta noche? — preguntó Mariana, tratando de que su voz no se quebrara.
— Claro que sí. Aquí tiene su cama y su sábana. Y tú, ¿qué vas a hacer?
Mariana miró el teléfono. Miró las palabras que su esposo le había escrito. Y respiró hondo.
— Voy a hacer una llamada. Y va a ser la llamada más difícil de mi vida.
Se levantó, besó a su hija en la frente, y salió al porche. El teléfono sonaba y sonaba. Diez segundos. Veinte. Treinta. Y por fin, una voz familiar al otro lado de la línea.
— ¿Mamá?
Su madre, que vivía a tres horas y media de distancia, respondió con la voz ronca de quien acaba de despertar.
— ¿Mija? ¿Sabes qué hora es? ¿Qué pasa?
— Necesito que vengas. Es urgente. Es una emergencia.
— ¿Qué pasó? ¿Le pasó algo a la niña?
— No, la niña está bien. Pero necesito que vengas. No tengo con quién más contar.
Su madre, que era una mujer de palabra dura y corazón más duro aún, hizo un silencio que se alargó por unos segundos. Luego, suspiró.
— ¿Es tu esposo o es su hermana?
Mariana sonrió débilmente, porque su madre siempre sabía.
— Es todo junto.
— Arranco en media hora — cortó la comunicación sin más preámbulo.
Mariana volvió a entrar a la casa y encontró a Valeria durmiendo plácidamente en el sofá, con la cabeza apoyada en un cojín que olía a lavanda. Doña Rosa la miraba con ternura, acariciando el cabello de la niña.
— Esta niña está tan cansada que ni siquiera durmió en una cama — susurró la señora. — ¿Sabes cuántas horas de sueño debe tener un niño de once años? Por lo menos nueve. ¿Cuántas crees que ha dormido esta niña estos últimos tres meses?
Mariana sintió que un puño le apretaba el estómago.
— Esa misma pregunta me la hago yo. Pero ahora… — miró el teléfono en su mano, con la línea todavía tibia por la llamada con su madre. — Ahora las cosas van a cambiar. Así tenga que pelear con el mundo entero.
Doña Rosa asintió con aprobación. Y en ese gesto, que no era más que una cabeza que se inclina, Mariana encontró la fuerza que no supo que tenía.
— Mañana por la mañana hablo con el notario. El me va a decir qué tenemos que hacer. Y si es necesario llevar esto por el lado legal, lo llevamos. Pero te prometo, Valeria — susurró, acariciando la mejilla de su hija dormida — que nadie vuelve a hacerte sentir que eres menos que ellos. Nadie.
El amanecer llegó sin avisar, tiñendo el cielo de naranja y rosa. Mariana no había pegado un ojo. Se había quedado despierta toda la noche, mirando el techo, repasando cada palabra de la conversación con su esposo, cada insulto de su cuñada, cada gesto de impotencia de su hija.
A las siete y media en punto, su teléfono sonó.
— ¿Mariñita? Respecto a las pruebas que me pediste ayer… encontré una cosa muy interesante. Más de lo que imaginaba. Ven al estudio esta misma tarde.
— ¿Qué es? — preguntó Mariana, conteniendo la respiración.
— Es mejor que lo veas con tus propios ojos. Voy a tener todo listo. Prepárate porque lo que te voy a mostrar va a cambiar todo.
La llamada terminó, y Mariana miró el teléfono con una mezcla de esperanza y de miedo.
«No hay vuelta atrás», pensó. «Después de esta llamada, no hay vuelta atrás.»
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